Sunday, October 02, 2005

Una historia de verdad

Lo encontré una tarde de sábado oscura y fría, con un cielo encapotado de nubes y pequeñas gotas de lluvia presagiando lo que podía llegar a ocurrir. Estaba sentado tranquilamente con las manos sobre sus rodillas, mirando el mar con los ojos muy abiertos. Viéndolo, daba la sensación que el tiempo se había detenido para él, nada ni nadie podían interrumpir la armonía que parecía emanar, de hecho, la gente pasaba a su vera, sin percatarse de su presencia, caminando como sólo se camina ahora, deprisa y con el desasosiego del viajero que no sabe nunca a donde va. Aún hoy no sé que me llevó a mirar en esa dirección y toparme con su figura, fuese lo que fuese, sólo sé que de golpe, me sentí invadido por la necesidad de saber en que pensaba ese hombre para transmitir esa tranquilad.

Mi mente empezó a recordar esas historias de viejos marineros que jamás pueden olvidar su pasado vinculado al mar, historias de hombres que han vivido más años en un barco que en tierra firme, marineros que en sucias y hediondas tabernas cuentas sus vidas por una botella de whisky. Sin embargo, él no parecía de esos hombres, no tenía en sus ojos la melancolía de una juventud ya perdida, no, sus ojos respiran un brillo de esperanza que se escapaba a mi comprensión. Imaginé quizás, que recordaba a bellas mujeres conocidas en puertos donde, después de meses de trabajo, atracaba para descansar y buscar un poco de diversión. Si, quizás sea eso, a lo mejor ahora mismo recuerda a una dulce muchacha de rasgos lejanos y olores exóticos, de cuerpo suave y voz embriagadora, una mujer a la cual deseó toda una noche pero nunca llegó a amar. Puede ser que recuerde las veces que luchó, mano a mano, con el mar; en tormentas donde toda su furia y tesón iban dirigidas a vencer a un enemigo poderoso y poco fiel: le veo recogiendo las velas para que no las rasgase el viento, agarrando con fuerza el timón para que el mar sepa supiera quien era de verdad el dueño del barco, mojado desde la cabeza a los pies y rechinando sus dientes.

Llevaba ya un tiempo elucubrando motivos que no me percaté que el hombre me miraba ahora a mi, me quedé de piedra y deseaba que me tragase la tierra, no sabía como reaccionar. Levantó una mano y dijo que me acercase, al principio dudé, pero la curiosidad me comía por dentro, tenía que preguntarle en que pensaba. Mientras me acercaba, el hombre se levantó y a llegar junto a él, me tendió la mano presentándose. Lógicamente, también me presenté. Descubrí que se llamaba Andrés, que se había sorprendido cuando me vio mirándole fijamente durante un buen rato, un poco avergonzado y con la voz un poco temblorosa, le conté lo que había estado haciendo. Justo en ese momento, soltó una gran carcajada, me sentí un poco ofendido en ese momento, sin embargo, pareció percatarse y se disculpó. Me dijo que debía leer menos novelas de marinos, que esas historias hacía tiempo que no pasaban y ya no quedaban hombres así, y mucho menos mujeres tan bellas y sensuales. Nos reímos.

Volviéndose de nuevo hacia el horizonte, mirando al mar de nuevo, me dijo que si realmente quería conocer en que pensaba, conteste que me gustaría muchísimo y que me perdonase por entrometerme en su intimidad. Entonces se quedó callado un rato, como si estuviese buscando las pablaras adecuadas mientras, sus manos surcadas por miles de grietas, signos de su edad, se coloraron de nuevo sobre sus rodillas. Al cabo de un tiempo, se acerco a mí y susurrando a mi oído me hizo prometer una cosa, que jamás debería contar a nadie lo que me iba a revelar, me dejó muy sorprendido, pero acepté la promesa. Me contó entonces, durante unos cuantos minutos, la causa de su tranquilad, yo escuchaba atento, impresionado y nervioso; al acabar, se levantó, me miró y riéndose se marchó caminando lentamente por el puerto mientras comenzaba a llover. Yo me quedé sentado, mirando el mar, no me importaba que estuviese lloviendo, no me importaba que la gente pasara corriendo a mi alrededor para guarecerse de la lluvia; lo único que sentía era que una sensación enorme de tranquilad me invadía y hacía que mis ojos sólo pudiesen mirar al mar.

1 comment:

David said...

Increible. Una historia que aunque no queda cerrada me deja con esa misma sensación de tranquilidad que ambos protagonistas. Envidio esa capacidad.

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