Sunday, September 10, 2006

Lo grandioso de la literatura es que habla de un pedacito de nosotros aun cuando nosotros no somos los protagonistas de la historia, ¿o sí?

Dedicado a mis lectores, por permitirme el placer totalmente egoísta de sentirme leído.

Allí seguían los dos cuerpos unidos en un profundo abrazo. La cabeza de ella sobre el torso de él, arrodillados dos los en la cama, mientras la larga cabellera castaña de ella caía sobre su cuerpo como una suave sábana de seda. La fuerte y dulce mano de él la acariciaba con cariño y amor, susurrándole al oído palabritas mágicas para calmar el desánimo y la tristeza que la invadían desde hacía más o menos una hora. Su cabeza no paraba de preguntarse el por qué de haber llegado tan lejos, a pesar de las advertencias de él. Sin embargo, ella pensaba que sería una magnifica prueba de amor el demostrarle que sería capaz de aguantar lo que él ocultaba, y ahora, estaba pagando las consecuencias. No porque lo que viese fuese repugnante o desagradable, porque descubriese que él no la amaba, o que se ocultase debajo de todas esas capas y disfraces una persona maligna o perversa. Todo lo contrario. Encontró lo que buscaba, una persona tan buena y tan mala como cualquiera, con todas las miserias y virtudes propias de un chiquillo de veinte y tantos años. Él seguía consolándola con toda la dulzura que podía y sabía.
Ahora ya conocía que ocultaba debajo de tanto papel interpretado. Un pecho, un cuerpo, un alma sencilla y limpia, un hombre normal y totalmente entregado a su amor, pero, y que grande era ese pero, conocedor de lo único que ella no quería conocer y él quería ocultar. El tiempo.
Si, el tiempo. Él sabía que su naturaleza, su verdadero yo incluía un alma viajera, un pedazo en su ser que le obligaba a levantar el vuelo cada cierto tiempo. Era conocedor de que ese amor se acabaría llegado un momento, no por problemas o que por culpa del pasar del tiempo, esa devoción mutua se perdiese o fuese a menos, no.
Él era un marinero, de esos de rostro viejo y cansado, que entregaba en todo momento lo que poseía y sentía a aquel que tuviese la paciencia de esperar, mirar más allá que con los ojos. Nadie mejor que él representaba el carpe diem de los antiguos sabios del renacimiento. Su vitalidad y alegría eran el aura que le rodeaban, que intentaba mostrar a todos, que contagiaba y emana de su ser. Tanto como lo eran su seriedad cuando había que serlo, su tristeza y lloros cuando algo le dolía, en fin, una persona con todas sus virtudes y defectos.
Sin embargo, con todo eso iba su necesidad de viajar. Era un alma viajera, incapaz de echar raíces en un lugar. Y lo sabía. Conocía también que no deseaba por ello hacer daño a los demás cuando iniciaba una marcha de nuevo. Lo único que le permitía seguir vivo y en paz consigo mismo cuando se iba, era saber que no llevaba sus alforjas con pesos que no deseaba y, mucho menos, con penas y dolores que no quería y menos pretendía levantar. Y todo había funcionado siempre así hasta ahora.
Su cuerpo desnudo mostraba que incapaz de evitar su ansía de viajar, esta vez sus saquillos no irían vacíos, y por desgracia, no podía evitar dejar atrás un rastro de dolor y amargura. Tristeza que por su culpa infligía a dos bandas. Primero a ella, por mostrarle que ese amor tenía un fin, y nunca al ser amado le gusta saber con certeza que el amor tiene su cenit. A eso se unía el daño que se hacia a él mismo, pues dejarla atrás suponía para su ser una verdadera cicatriz que difícilmente podría olvidar y que durante mucho tiempo estaría marcado a sangre y fuego en su auténtico yo. Por tanto, ese daño propio aumentaba aún más el daño infligido a su amada. Todo se convertía en un círculo de heridas que no dejaba a nadie ileso.
Allí seguían abrazados los dos, unidos con fuerza, conocedores de la verdad. Él la cogió con dulzura con sus manos en sus mejillas, le levanto la cara y mirándola fijamente a sus ojos le beso la frente y luego un fuerte beso en los labios. “Te quiero” le dijo, “te amo” le dijo ella. ¿Y ahora qué? Pues él se fue una mañana, sin decir nada, sin miedo, empezando de nuevo su interminable camino, pero esta vez no era como las otras, esta vez había un pero….

1 comment:

David said...

Me siento plagiado: viajar sin peso... seras jodío!. Siendo modesto opino que mi final es bastante mejor, jeje. Aunque ahora que lo pienso hacer un merge de ambos finales podria dar un resultado curioso... quiza algun dia retome mi vena escritora y lo haga con tu permiso.

Un saludo.

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