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Thursday, December 11, 2014

La ventana

Era preciosa. La veía una y otra vez desde la ventana de su casa y cada vez que la miraba, no podía evitar sentir un torbellino de sensaciones que recorrían todo su cuerpo desde el primer pelo de su cabeza hasta la última parte de las uñas de sus pies.

Se sentaba siempre en el mismo banco de madera, el que estaba situado cerquita de la pequeña fuente de la que brotaba un constante y fino chorro de agua fresca y cristalina. Abrazando a la fuente, un pequeño jardín con césped tapizado con rosas, azucenas, petunias, camelias y algún que otro tulipán. El sol de la mañana pintaba de dorado la escena y a buen seguro, pensaba él, permitiría que el frío del invierno fuese menos riguroso, al calentar con suavidad su rostro y sus manos.

Siempre repetía la misma rutina. Llegaba pausada, tranquila, lucía con un gorro, una bufanda, guantes a juego, que acompañaba con un buen abrigo y unos pantalones vaqueros. Portaba consigo un pequeño bolso del que sacaba un libro que colocaba en su regazo una vez sentada, mientras que con su mano derecha, depositaba en el banco un vaso de papel. Él especulaba, dependiendo del color de su ropa, el contenido de aquel siempre presente vaso. Si vestía tonos ocres y marrones, la imaginaba tomando un amargo y potente café; si por el contrario, optaba por algo más tradicional y elegante, creía que era un té, un buen té inglés como le gustaba él, con ese olor de la bergamota ascendiendo lentamente e impregnando el ambiente con su cálido aroma. Sin embargo, era cuando la veía de rojos y blancos, cuando más le gustaba, pues sospechaba entonces que su vaso contenía un dulce chocolate, caliente y cremoso, capaz de hacer entrar en calor su cuerpecito a pesar del frío invernal que ya inundaba las calles.

Permanecía en aquel banco durante una hora leyendo y tomando su misteriosa bebida y él, desde la ventana de su casa, la observaba con los ojos bien abiertos, oyendo como su corazón latía acelerado, sabiendo que no era simplemente un capricho, mucho menos un vergonzoso acto de espionaje o de morboso voyerismo. No. Desde el momento en que la vio aparecer el primer día, supo que estaba locamente enamorado de ella. Y esperaba.

Esperaba cada día con ansiedad y un sentimiento de nerviosismo a que ella se presentara a la cita, cierto que a distancia, pero a la vez, tan cercana y tan íntima. Un contacto simplemente roto por una pequeña distancia y el fino cristal de la ventana que, ahora con el invierno, se llenaba de vaho que algunas veces, tenía que limpiar con su temblorosa mano, dando la sensación mientras lo hacía, que le acariciaba lentamente el cabello.

Odiaba los días que la lluvia le impedía verla, pero aún así, se asomaba y se quedaba esperando que ella viniese igualmente. Sabía que no, pero su obstinada mente se negaba a abandonar aquella pobre y fútil esperanza.

Hoy, por suerte para él, lucía un fantástico día de sol que llenaba de luz y color todo el pequeño jardín. Era como si una prematura primavera se instalara por un momento delante de su ventana. Entonces, ella aparecía puntual. Vestía un gorro de lana color rojo y acompañaba su abrigo verde oscuro, con una bufanda del mismo rojo que su gorro y unos guantes de color blanco. Ejecutó el ritual con perfecta armonía y orden. Sentarse, sacer el libro del bolso y colocarlo en su regazo y depositar a su lado derecho el vaso, que hoy, debido a los rojos y verdes, seguro que era de chocolate.

Ahí estaba ella, como todos los días. Con su sonrosada cara acariciada por los rayos del sol, sus suaves manos pasando las páginas del libro o bien, de vez en cuando, acercando a sus labios, el vaso de papel. Si, era todo lo que él llevaba buscando. Sabía, después de tanto tiempo mirándola desde la venta, que hoy sería el día, por fin se atrevería a conocer.

Sin embargo, algo llamó su atención. Un joven que nunca había visto por el pequeño parque se aproximó por la derecha del pequeño sendero que conducía hacia ella. Cuando el joven se encontró delante, le sonrió, y ella le hizo sitio para que sentará a su lado.

No daba crédito a lo que estaba viendo. No quería creerse la escena que allí, delante de su ventana, se estaba desarrollando. No quería, pero por mucho que su cabeza se negara a aceptarlo, algo en su interior le decía que la había perdido, le decía que ella ya no volvería a sentarse nunca más ese ese banco, ese mismo banco rodeado de flores y con una fuente pequeña. Ese banco en el que ella, día tras día, tomaba de un vaso de papel una bebida caliente mientras tranquila y atenta, leía un libro. Sabía que igual que la había encontrado a través de su ventana, la había perdido por estar demasiado tiempo escondido detrás de ella.

Monday, July 22, 2013

Microcuento XIII: Tallar tu cuerpo en un árbol

Cantaba que la luna le sabía a poco cuando se chocó de frente con ella, y mientras escuchaba que tenía el corazón alicatado hasta el techo, pensó que la amaría hasta tallar su cuerpo en un árbol...

by ToTe


Tuesday, June 11, 2013

Deseos peligrosos

Su deseado anhelo se convirtió en su peor enemigo. Y eso que ella se lo avisó....

Lisa Lyon, 1982. © Robert Mapplethorpe Foundation. 

Monday, January 21, 2013

Microcuento XII: En el mundo de Oz

Decidió caminar y acabó encontrando su propio sendero de baldosas amarillas para hacer realidad sus sueños.


by ToTe

Monday, December 17, 2012

Microcuento XI: Ten cuidado con lo que deseas

Llevaban casi media hora discutiendo, tan inmersos en sus gritos y sus quejas que, sentados en el banco de madera, todo lo que les rodeaba había dejado de existir. No se escuchaban, simplemente se gritaban, se reprochaban el daño que se habían permitido hacer, la extraña escenificación de una víctima que era el verdugo de la otra y viceversa. De pronto, ambos se callaron y pensaron al unísono, "ojalá desaparecieras de mi vida".


foto by ToTe                                                                         

Monday, November 26, 2012

Con los cinco sentidos y algo más

Hace mucho tiempo, en una aldea lejana, un joven se encontraba estudiando para entrar en la universidad. Con la mirada clavada en los libros, no percibió como por delante de la ventada de su cuarto, pasaba un anciano por el camino que llevaba a las montañas.

- Me podeís dar un vaso de fresca agua, por favor. El camino es largo y la calor sofocante y a este pobre anciano le queda aún mucho camino para llegar a casa. - Le dijo el caminante.

- Sí, pero luego marcháos, estoy muy ocupado estudiando.- Contestó el joven, malhumurado por el valioso tiempo que el anciano le estaba haciendo perder.

- ¡Gracias joven estudiante! A pesar de estar tan ocupado con vuestros asuntos, habeis dado agua a un viejo sediento y estoy en deuda con vosotros. Como veo que os gusta estudiar, que disfrutáis de aprender y deseáis alcanzar la sabiduría, os diré que no debéis confundir a ésta con el conocimiento. Ahora no os molestaré más. Pero no será la última vez que nos veamos.

El joven intentó contestarle, pero el anciano velozmente se puso de nuevo en camino, diriguiendo sus pasos hacia la montaña Aquel acontecimiento dejó al estudiante aturdido, pero rápidamente se volvió a sus libros.

Con el paso de los años, el chico aprobó con notas excelentes sus pruebas, logró ser profesor de universidad y adquirir muchos conocimientos, pero la afirmación que le había lanzado en su día el anciano, le seguía martilleando en su cabeza, "no confundas sabiduría con conocimiento". Lo que más deseaba era ser sabio, por eso a pesar de los reconocimientos en su trabajo, de todos los estudios que había realizado con éxito, notaba que le faltaba algo, se sentía incompleto.

Un fin de semana, regresó a la aldea después de mucho tiempo sin volver. Los recuerdos de su infancia y adolescencia le asaltaron y también, el encuentro con el extraño caminante. Ahora que se encontraba de nuevo en su vieja habitación, la frase del anciano no dejaba de llamar a la puerta de su mente una y otra vez y lo que era mucho peor, el sentimiento de que algo le falta era cada vez mayor.

Harto de encontrarse en esa situación, lleno de enfado por las palabras que el caminante le había dicho y que no podía olvidar, y que tanto mal le estaban causando, decidió ir en su busca. Preparó sus pertenencias para el viaje y se dirigió hacia la montaña, esperando poder encontrar al culpable de la situación en la que se encontraba.

Después de un día de camino, se encontró con una preciosa joven que estaba sentada a la sombra de un árbol. Vestía un modesto vestido de lino y algodón, tenía sus pies descalzos y se estaba peinando su larga y oscura cabellera. El ya  no tan joven estudiante se acercó a ella:

- Buenos días bella dama.-
- ¡Oh!, quién está ahí.- Dijo la joven.
- ¡Vaya, sois ciega! . Siento haberos asustado al acercarme sin avisar.
- No os preocupeís. Por favor, sentaos y compartid conmigo el motivo que os lleva por estos caminos.
- Vereís. Hace tiempo me visitó un anciano que se dirigía hacia las montañas, me dijo algo y desde entonces no me encuentro bien, le busco para que me aclare sus palabras y me ayude para solucionar mis problemas.
- Entiendo.- Dijo la joven, mientras posaba el cepillo en la hierba.- ¿Acaso no sois feliz?
- Yo pensaba que sí.. He logrado lo que quería, tener sabiduría, pero por lo visto, las palabras de aquel caminante me han casuado un mal que no soy capaz de curar. Vosotros sois muy feliz por lo que puedo comprobar, me gustaría preguntaros una cosa, ¿cómo es ello posible si sois ciega? ¿Acaso no os gustaría ver?.- Preguntó el profesor.
- Muchos tienen vista y solo ven, yo no la tengo, pero yo puedo hacer algo mejor. Si quieres usar tus ojos más allá, no basta con ver, tienes que observar. Ahora vete, tengo que seguir alisando mi pelo. El anciano al que buscas vive en una choza en lo más alto de la montaña.

Aturdido por la respuesta de la joven, el caminante se pudo de nuevo en camino. Al anochecer, vió el destillo de un fuego a lo lejos, aterido por el frío, decidió acercarse. La luz de la hoguera salia de una pequeña y pobre cabaña, por fin pensó, he llegado hasta el anciano. Sin embargo, una vez miró a través del cristal, vió que dentro había un leñador tomando su cena. Decidió llamar a la puerta para preguntarle si podía pasar la noche al calor de su fuego, pero por más que llamaba, el dueño de la choza parecía ignorarle. Harto de esperar, abrió la puerta y un viento gélido entró en la caliente habitación.

- ¿Quién sois? ¿Qué quereís de un humilde leñador? Y por favor, decídmelo por gestos pues soy sordo.
 El joven sacó entonces un cuaderno y un lapiz y anotó unas frases.
- ¡Claro!, ponéos cómodos y esperad a que os sirva un poco de sopa caliente, la verdad es que esta noche está siendo realmente fría en la montaña.

Hablaron durante un buen tiempo y el visitante comprobó con asombro lo feliz que era el leñador. Intrigado, le preguntó por escrito cómo era posible que lo fuese si era sordo, si no hubiese preferido oír.

- Es cierto que no puedo escuchar lo que me dicen los demás, pero no significa que no pueda comunicarme con ellos, pero gracias a mi sordera. Además, ser sordo no me impide oírme a mi mismo, escucharme lo que me digo. Muchos oyen, pero ni escuchan ni se escuchan. Ahora estoy cansado y creo que vosotros también, debemos irnos a dormir.

A la mañana siguiente, el leñador ya no se encontraba en la cabaña, el joven recogió sus cosas y se puso de nuevo en marcha. Al lado de su cuaderno, encontró una nota donde su anfitrión le indicada que si seguía el camino que bordeaba el río, llegaría hasta el anciano que andaba buscando.
Caminó hasta bien entrada la tarde y cuando el hambre le asaltó, se apartó a un lado y comenzó a comer. Al poco tiempo de estar comiendo un trozo de pan con queso, vio como se acercaban un padre y su hija, la cual iba saltando, corriendo, dando brincos sin parar. Al verlo, se desviaron del camino y se acercaron a él.

- Disculpad señor, pero llevamos ya muchas horas de camino y aún nos quedan unas pocas más para llagar a nuestra aldea. Unos bandidos nos robaron nuestra bolsa de comida y al verle, pensé que podría darle un poco de la suya a mi hija.-
- Será un placer. A ver pequeña, qué prefieres, tengo pan, queso, manzanas, jamón, un poco de cecina, galletas. Dime, qué te apetece.
- ¡Agradezco mucho su generosidad!, pero mi pequeña no tiene lengua, un accidente cuando era pequeña, tuvimos que amputársela. Ahora no puede distinguir los sabores de la comida.
- ¡Increíble! .- Soltó el joven.- Y aún así, se la ve tan feliz.-
- Que no pueda saborear una comina no significa que no pueda disfrutar de sus formas, sus colores y su olor. Muchos tienen paladar pero no saborean la vida, simplemente la engullen sin percibir nada más.

Después de comer con ellos y preguntarle por el anciano, el joven se puso de nuevo en marcha. Como aquella noche no encontró ningún lugar donde refugiarse, encendió una pequeña fogata, preparó una ligera cena y se tapó con sus mantas para pasar la noche. Sin embargo, poco antes del amanecer, algo le despertó, el ruido de unos cascos de caballo acercándose.
A los pocos minutos, un soldado de la guardia del emperador se acercó a él y le dijo si podía acercarse al fuego para calentarse antes de continuar su camino. El joven le indicó que si, mas cuando el hombre se acercó a la luz de la hoguera, comprobó que no tenía nariz. El soldado se dió cuenta y contó que la había perdido en una lucha contra unos bandoleros que intentaban asaltar un pueblo, desde entonces no era capaz de oler nada. A pesar de ello, el profesor pudo ver que el valiente combatiente esbozaba una amplia sonrisa.

- Y a pesar de todo ello, os veo muy feliz, cómo puede ser, si ya no sois capaces de oler.
- Muchos tienen nariz y sin embargo, no se detienen a oler una flor o la maravillosa fragancia de una mujer.

El soldado se despidió y por su amabilidad, le indicó que la choza del anciano que tanto tiempo llevaba buscando estaba muy cerca, a un día de camino. Eso le animó y se dispuso también a empreder el suyo. Llegó al nacimiento de un pequeño arroyo donde vió como una mujer entonaba una alegre canción. Se acercó a ella para preguntarle si iba en la dirección correcta y no pudo evitar ver que no tenía manos.

- Buenas tardes señora, veo que teneis no manos y sin embargo, aquí estaís tan alegre y feliz cantando.
- Muchos las tienen y no las usan para dar caricias o sentir el tacto de las pequeñas cosas o para tomar y no dar, golpear y no abrazar.

Desconcertado por la entereza de la mujer, la dejó cantando después de que ésta le indicara que la casa del anciano se encontraba ya a unos pocos kilómetros.
Llegó a la cabaña a la noche y el viejo estaba en la puerta, como si lo estuviera esperando, se acercó a él y dejó sus cosas en el suelo.
- Muchos años llevo esperándote joven profesor.- Le dijo en anciano.
- Tantos como yo llevo sufriendo un mal por vuestras palabras.- Le conestó el viajero.
- ¿Por mis palabras?
- Sí., desde que me dijo que la sabiduría y el conocimiento no son lo mismo, no he podido ser feliz, pensando que todo lo que había estudiado no me servía para ser lo que realmente quiero ser, todo un sabio.
- Vaya. Pero para ser sabio no hace falta leer libros o ir a la escuela, aunque todo eso ayude, claro está.
- ¿Cómo que no?
- Permíteme que te lo demuestre. ¿Qué has aprendido de tu camino hasta mí?

La pregunta dejó al joven descolocado, pensó y analizó todo lo que le había pasado durante el trayecto, pero no había recibido ninguna lección importante.

- Nada, contestó.- Solo me he topado con gente y sus rutinas diarias.
- Nada, vaya, como lo siento.- Le respondió el sabio.- Y sin embargo has recibido cinco lecciones muy importantes.
- ¿Cuáles?
- Que tienes unos ojos que no ven la vida, unos oídos que no la oyen, una lengua que no la paladea, una nariz que no la huele y un tacto que no la siente. Estás más ciego que la joven del peine, más sordo que el leñador, más augésico que la niña, más anósmico que el soldado y tus manos es como si estuviesen amputadas como las de la mujer cantante.

Aquellas palabras despertaron algo en su interior que el joven estudiante no había sentido nunca, algo en que en sus adentros parecía volver a la vida.

- Ahora lo entiendo maestro. Comprendo la diferencia entre la sabiduría y los conocimientos. Aquellas personas no podían ver, ni oír, ni oler, ni saborear ni dar un abrazo, pero si tenían algo que suplía todos y cada uno de mermados sentidos. Algo que yo a pesar de tener cada uno de ellos sanos, no he experimentado nunca, pero hay algo peor maestro.
- ¿Lo qué?
- Lo que suplía sus carencias era que sus corazones latían para vivir con felicidad a pesar de sus dolencias. Maestro, además de no ver, ni oír, ni oler, ni saborear, ni sentir, además de todo ello, lo peor de todo es que mi corazón no latía por la enorme alegría que supone el simple hecho de vivir.

Saturday, November 24, 2012

Reto I: La última vez

Nada me levanta más el ánimo por la mañana, que tomar un buen café en Starbucks y acompañarlo de un aria, en este caso, el "Pur ti miro", escena final de la última ópera de Monteverdi "L´incoronazione di Poppea". Su voz era magnífica, siempre lo era, por eso es mi soprano favorita. Café y ópera, si, hoy lo necesito más que nunca.

La fuerte discusión con él, en la que nos hemos dicho de todo, incluido esas frases hechas que llenan el hueco vacío que dejan los argumentos cuando fallan como "tú sabes que no es así", "tócame las pelotas", "ya te lo dije, siempre igual", de las cuales existen tantas que podría escribirse un libro titulado "Dichos para llenar silencios" o algo similar, había empezado en el desayuno. Él hablaba de lo bien que se lo había pasado la tarde pasada con sus amigos en la clase de spinnig, yo sobre lo curioso que era que hubiese un jugador al que llamasen también Tote. Ninguno escuchaba y al cabo de un segundo, saltó la chispa. Todos los reproches que los dos nos guardábamos, salieron a la luz. Y como no, una frase hecha hizo un receso en la discusión, "ya no lo aguanto más, me voy, se acabó para siempre." Es su forma de salir de las situaciones que no le gustan, dando un portazo.

Doy el último sorbo a la taza y respondo al móvil, un número que no conozco, me dicen algo que no entiendo bien al principio y luego, me doy cuenta de que todo ha terminado de verdad. Que ese portazo era el definitivo, y todo para mí perdió sentido, el madrigal que estaba escuchando, el sabor amargo del café, la discusión, todo, porque todo se habia acabado, y esta vez de verdad....

Monday, November 05, 2012

El joven de la montaña

Un día soleado de primavera, cansado de los reveses de su vida, un joven decidió sentarse y no volver a levantarse. Harto de las decisiones que debía estar tomando siempre, angustiado de los problemas que le surgían, dolorido de las malas experiencias con otros hombres y mujeres, pensó que lo mejor era retirase y no hacer nada, simplemente meditar hasta encontrar la sabiduría necesaria para enfrentarse a la vida.

 Había subido a una montaña cubierta por un enorme manto de verde hierba y decenas de colores de las flores que se esparcían más allá de la vista, aquí y allá escuchaba los cantos de los pájaros, mezclado con el sonido del arroyo de fresca y cristalina agua, que no muy lejos de si, discurría ladera abajo. Miró a su alrededor, y a la sombra de un gran árbol se sentó.

Pasó el tiempo y a pesar de las súplicas de sus seres más allegados, el joven no cambió su actitud, nadie parecía ser capaz de quitarle de la cabeza esa terca idea de permanecer allí sentado, meditando, hasta encontrar la sabiduría de la vida. Con el paso de las estaciones, poco a poco la gente de la aldea comenzó a olvidarse de él y de su nombre, hasta que al final, solo le conocían como el joven de la montaña.

Un buen día de primavera, llegó a la aldea un anciano, desnudo, extremadamente flaco, con una larga barba y enfermizo. Pidió un vaso de agua y algo de comer a una joven que estaba limpiando la entrada de su casa. Ésta, aunque asustada, se apenó del pobre extraño y le dio de beber y un trozo de pan con queso. Calmada su sed y su hambre, se despidió amablemente y se dirigió hacia el centro del poblado.

En su camino, la gente se asomaba tímidamente a las ventanas o puertas de sus chozas y las pocas personas que encontraba en su camino, se apartaban para dejarle paso. Todos pensaban que era un pobre mendigo próximo a la hora de su muerte que había decidido encontrarla en su aldea. Pero en un rincón, sentado al sol, un anciano no dejaba de mirarle, había algo en la cara del vagabundo, exactamente en sus ojos, que le traían recuerdos de un pasado lejano. Intentó recordar, pero la niebla del tiempo cubría sus pensamientos, mas de golpe una imagen vino a su  mente, se levantó y se dirigió hacia el extraño visitante.

Alcanzado, le miró atentamente a los ojos mientras con sus febriles brazos agarraba los del caminante para impedir que siguiese avanzando. Éste se detuvo, no hizo ningún movimiento para zafarse de las manos que le detenían. El anciano de la aldea, sin perder de vista sus ojos le preguntó si era el joven de la montaña, el mendigo dijo que no sabía quien era esa persona, que su nombre era Lao Xi. En ese mismo momento, un torrente de recuerdos e imágenes inundaron la mente del aldeano, así era como se llamaba el joven de la montaña, después de tantos y tantos años, había decidido levantarse.

Le indicó que fuese a su casa para que se asease y vistiese, Lao Xi accedió y se mostró muy agradecido por la generosidad y amabilidad de esa persona a la que no conocía de nada. Ya en su choza, después de la ducha y vestido con una sencilla túnica que le había regalado Chen, que así era como se llamaba su anfitrión, se sentó en una silla de bambú.

Chen, lleno de preguntas decidió que era el momento de saber más de aquel que en su día, había sido un joven de la aldea. Por qué después de tanto tiempo, había decidido bajar de la montaña, saber si por fin, y eso era lo que más le intrigaba, había hallado la sabiduría que había ido a buscar. Lao Xin le contestó que a los cinco años de estar meditando en la montaña, se había presentado un niño que le preguntó qué estaba haciendo allí sentado, él le contestó que veía pasar la vida para ver si podía aprender algo de ella y encontrar la sabiduría para saber vivirla de forma acertada. El niño le volvió a preguntar si ya la había encontrado, y Lao le respondió que no.

Al cabo de unos veinte años, se presentó un fornido, esbelto y guapo joven que le hizo la misma pregunta que el niño, a lo que Lao Xi contestó de igual forma. Pasados cuarenta años, un hombre ya en la madurez de su existencia volvió a ponerse enfrente y a preguntarle otra vez lo mismo y Lao le dio la misma respuesta que a los dos anteriores.

Finalmente, después de ochenta años, un viejo llegó a su presencia, apurado, como si hubiese subido la montaña lo más rápido que sus fatigadas y débiles fuerzas le hubiesen permitido. Lao lo miró atentamente y éste le dijo con la voz entrecortada por la emoción que ya había encontrado la sabiduría para la vida. Lao Xi se quedó sorprendido y a la vez desconcertado, le asaltaban las dudas sobre quién era ese anciano que tenía delante, pero justo cuando iba a hablar, éste le dijo que en tres ocasiones había subido a la montaña para saber si él había encontrado la sabiduría de la vida y en las tres, le había respondido que no. Apenado descendía para seguir con las cosas cotidianas de su quehacer diario. Pero un buen día, después de haber experimentado una vida llena de alegrías y tristezas, se dio cuenta de que la única sabiduría necesaria para vivir era precisamente eso, vivirla, esa es la única forma correcta de hacerlo y tan pronto se dio cuenta de su hallazgo, corrió montaña arriba para contárselo a él, a la persona que tantos años llevaba buscando el camino sabio de la vida y decirle que así no iba a encontrarlo nunca.

"Y heme ahora aquí", dijo Lao Xi a Chen, "que poseo la sabiduría pero me falta vida para poner este saber en práctica."

Monday, October 08, 2012

Hojas en el otoño

Abrí la ventana e inspiré bien hondo, llené mis pulmones de ese aire fresco y a la vez cálido de la mañana. ¡Qué bello es vivir!

Quizás te preguntes porque te cuento todo esto, la verdad es que ni yo mismo lo sé muy bien, simplemente tenía necesidad de compartirlo contigo. Confesarte que la vida es algo, sea lo que sea, fantástico y maravilloso, tan lleno de posibilidades y experiencias. Es lo más bonito que tienes, que tenemos y no podemos dejarla escapar.

¿El secreto para vivir? Desde luego, no sé si existe algo concreto que pueda servir para ello, pero te diré una cosa, aprovecha las cosas sencillas. Existe auténtica belleza en el caminar sosegado de un anciano y su mirada, en el cariño de tus padres, en un beso de amor, el abrazo de un amigo o la sonrisa pícara de un niño. Existe felicidad en los árboles con sus hojas verdes y marrones en otoño, en el calor que no abrasa y el frío que no hiela, en el olor de la tierra recién mojada o la imagen reflejada de los charcos. Vivir es la música que oyes y te llega, las palabras que quieres oír e incluso en aquellas que detestas escuchar, en unos macarrones con carne o una copa de vino, en un simple vaso de agua fresca. En el esfuerzo de aquello que te cuesta e incluso en una amarga lágrima hay vida.

Hay vida incluso en la hoja marrón que lentamente, me acompaña en la caída. No olvides que hay algo que no puedes dejar de hacer, vivirla. Que hay vida incluso en esta carta, a pesar de que te la escriba un suicida.

Wednesday, October 03, 2012

El niño y la estrella

A Ilya y su eterna y brillante sonrisa. Jamás perderás tu estrella.

Nueve de la mañana y el metro atestado, caras largas, miradas perdidas, bostezos, hombros caídos, empujones para entrar, empujones para salir, empujones porque otro ha empujado. Ni un buenos días, ni una sonrisa, ni rastro de unos ojos que brillen, ni un triste resquicio de alegría. Está claro, son las nueve de la mañana en un metro atestado.

Y de pronto, llega él. Un mocosete de no más de ocho años, rubio y tez clara, inmensos y penetrantes ojos azules y su mamá detrás, con la misma cara que todos los demás. Me entero que se llama Ilya porque su madre, que más tarde responderá al nombre de Alina, le reprende por no callarse. El mocoso está rebosante de energía, su carita irradia una alegría que, como si de una estrella se tratase, ilumina el oscuro ambiente de la cabina.

Le sonríe a un señor que, enfundado en su traje azul oscuro, camisa blanca y corbata roja, escucha música y se apoya de la barra central como si el mero hecho de mantenerse de pié, supusiese un esfuerzo titánico que agotara toda su vitalidad. Le dice hola con su manito, a una señora que aprovecha el tiempo del trayecto para cerrar los ojos y poder dormir un poco más. Le dice a su mama que no se preocupe, que está bien, que le gusta viajar en metro y que cuando salgan de ver a su amigo Pedro, quiere un pastel de chocolate y vainilla.

Algo llama su atención y me mira, clavando sus ojos azules en los míos y sin dejar de reír, me dice hola, le respondo con el mismo entusiasmo y sorprendido por mi reacción, comienza a regalar carcajadas a todo el vagón, tanto es así que está logrando que algunos de las presencias grises del mismo, comienzen a cambiar la expresión de su cara y esbocen una ligera risa. Le digo que me llamo Alberto y me responde que se llama Ilya, le digo que es un nombre muy bonito y todo seguro me contesta que lo sabe y vuelve a echarse a reír. Me pregunta que por qué pinto en el libro, que su profesora no le deja pintar en los suyos, yo le digo que no estoy pintando, sino dibujando una línea en las frases que más me gustan del libro. Me escucha ensemismado mientras su madre observa cauta y atenta nuestra conversación. "¿Y por qué?", dice nada más terminar yo, "pues porque así recuerdo mejor las palabras y cuando quiera volver a leerlas, sé donde están.".  "Mi profe no me deja pintar en los libros", me dice, "el otro día pinté un balón de futbol y un coche y me castigo, se lo dijo a mi mama, ¿verdad que sí mami?", dice con su vocecita. "Me gusta mucho pintar, hoy he pintado una estrella, porque mi mama se encontró una estrella en casa, ¿la quieres?", "bueno", le respondo, "si tú no la quieres y a tu mamá no le importa que me la regales, me gustará mucho tener esea estrella." Entonces mete su mano en el bolsillo delantero de su chaqueta roja y saca la estrella, que deja en mi mano mientras no deja de reírse. "Muchas gracias" y levanto la mano para que me choque los cinco, lo cual hace todo ilusionado.

El metro se detiene, Ilya y su madre han llegado a su parada, se despide de mí no sin antes contarme que tengo que cuidar de la estrella que me ha dado, pues se ha caido del cielo y está sola, buscando a su amigas, las demás estrellas. Le digo que no se preocupe, que a la noche, cuando el cielo esté lleno de otras estrellas como esa, la lanzaré muy fuerte para que vuelva a su casa. Y mientras su madre se las ve y desea para salir del vagón con la silla de ruedas donde él está sentado, se vuelve a reír.

Nos ponemos de nuevo en marcha, pero ahora en el vagón hay un vacío inmenso, como si de golpe alguien hubiese apagado la luz y todo quedara cubierto por la penumbra. Miro la estrella que me ha regalado, no puedo evitar sonreir. Y me sorprendo como un mocoso de ocho años y en silla de ruedas ha llenado de vitalidad y energía todo una cabina de metro. Él solito, a las nueve de la mañana.

 
by ToTe

Tuesday, September 25, 2012

Tanto la busqué que la encontré

No había forma de encontrarla. La buscaba en todos lados que mi cabeza era capaz de imaginar, en trozos de papel que tenía anotados anteriormente, en documentos escritos en el ordenador, en internet, en una liberta. Pero no aparecía por ningún lado.

Revolví todo el salón buscándola, tenía que estar en algún lugar, así que miré en libros, abrí cajones, zarandeé revistas pensando que estaría oculta en alguna pequeña nota entre sus hojas, sin embargo el resultado era siempre el mismo, nada.

Decidido me senté delante de la pantalla del portátil y comencé a repasar como lo había hecho otras veces. Releyendo, recordando, volviendo a sentir lo que en su momento, aquellas cosas me habían transmitido y durante un instante, pareció que sí, que por fín encontraría lo buscaba. Mas me di cuenta que lo que estaba encontrando no era lo que deseaba, sino una completa sensación de melancolía.

Y justo cuando comenzaba a notar el amargo sabor de la derrota y pensaba que esta vez no iba a poder ser, la vi, sí, estaba delante de mis narices todo ese tiempo y no me había dado cuenta. Al fin tenía la entrada que buscaba para el blog.

Thursday, September 20, 2012

Para que algo empiece, algo tiene que acabarse.

Entró en la estación de metro y miró en la pantalla el tiempo que faltaba para que llegase el siguiente convoy, tres minutos, bien, pensó, a pesar de haber salido tarde del gimnasio solo se retrasaría unos dos o tres minutos nada más. Buscó la cartera y sacó el bono que introdujo en el hueco del torno para que éste le dejase pasar. Bajó las escaleras mecánicas con calma y pensó en lo que había sucedido hoy por la mañana. Aún después de casi doce horas no podía entender la reacción que había tenido ella. Recordaba la escena con total detalle.

Se había levantado como siempre al segundo pitido del despertador, procurando al salir de la cama, no despertarla. Se había calzado las zapatillas, bostezado y mientras se rascaba la cabeza, se dirigió al cuarto de baño para ducharse. Desnudo bajo la cálida agua que caía por todo su cuerpo, se permitió el regalo de no pensar en nada durante unos minutos, le encantaba esa sensación de irse despertando poco a poco bajo el suave tacto del agua cayendo por la cabeza, el cuello, los hombros y la espalda. Pero una mano sinuosa le interrumpió, ella se había despertado y había, por lo visto, decidido tomarse una ducha con él. Desde luego, si había algo que le gustaba más que esa forma de quitarse el sueño, era hacerlo con ella. Su mano recorrió lentamente sus senos y las suyas, con esos largos dedos finos y delicados, su torso. Acercó sus labios a las orejas de ella y con pequeño mordisco le dejó claro sus intenciones, no se marcharía de casa sin poner su granito de arena a la incipiente niebla de vapor que llenaba el cuarto de baño.

Sin embargo, ella retrocedió y salió de la ducha, cogiendo su albornoz blanco y con gestos muy lentos, levantó su cabeza mientras observaba con la mirada perdida el espejo, haciendo caso omiso del reflejo de la imagen que éste ofrecía. Buscó una toalla, se acercó por la espalda y bajando parte del albornoz hasta dejar al descubierto su hombro izquierdo, la besó mientras notaba el húmedo tacto de su piel sobre sus labios. Ella se dió la vuelta, le puso el dedo íncide en los mismos labios que antes la besaban y le dijo no con la cabeza. Entonces, salió del aseo hacia la habitación, se vistió y sacando una pequeña nota del bolsillo de su ajunstado pantalón, se la pasó. Le besó en la mejilla y se marchó.

Petrificado desdobló la hoja y leyó con atención lo que había escrito. No tenía mucho tiempo para reaccionar, pues llegaría tarde al trabajo, pero una profunda sensación de angustia, dolor y miedo apoderaron de él. Se acabó. Eran las únicas palabras que estaban escritas, se acabó.

Durante el resto del día no puedo evitar pensar en aquello una y otra vez, incluso en el gimnasio la imagen de ella, sus gestos, su olor, sus besos, su cuerpo le asaltaban sin cesar. Y ahora mismo, mientras recordaba lo sucedido y se disponía a esperar por el metro, no podia dejar de pensar en ello.

Pero algo extraño llamó su atención, a unos cuantos pasos de distancia suya, algo estaba tirado en el suelo. Se acercó y vió de lo que se trataba, que extraño pensó, nunca se había imaginado que encontraria una cosa así en el suelo de una estación de metro. Se agachó y la recogió.

Al momento, el convoy hizo su entrada deteniéndose delante suya, abrió sus puertas y él entró. Buscó un lugar donde sentarse. No había nadie más en el vagón asi que se sentó en el primer asiento libre que vió. No sabía el por qué, pero el encontrarse aquello le había calmado y por una vez pensaba más en lo que tenía entre manos que en lo sucedido por la mañana. ¿Quién podía haberla perdido? ¿Se le habría caido a alguien? ¿La habrían tirado? Le encantaba preguntarse por la historia que escondían los objetos que le rodeaban y aquel, desde luego, tenía toda la pinta de tener una realmente sugerente.

Mientras le daba vueltas a la cabeza, no se percató de que una mujer se sentó a su lado, sobresaltado por su presencia, la miró y le dedicó una sonrisa amable. No pudo evitar fijarse en ella. Tenía unos profundos ojos negros, oscuros y mágicos, sus labios eran de un rojo intenso y tremendamente carnales. Su perfilada cara estaba bañada por una larga cabellera negra y escondían parte de su cuello. Vestía un sugerente vestido violeta, con un generoso escote que debaja ver un peligroso acantilado entre sus dos turgentes y perfectos pechos. Y al final de ese vestido, aparecían unas piernas, la derecha cruzada sobre la rodilla de su zurda, que estaban invitando a recorrerlas con la mano hasta encontrar el final de aquella sensual y peligrosa senda.

Ella le miró atentamente, clavando esos dos e intensos pozos negros en los suyos, le sonrió y cogiendo con su cálida mano lo que él había encontrado en el suelo de la estación, le besó en los labios, le mordió el cuello con una extraña mezcla de sadismo y delicadeza que le hizo perder el norte. Subió jugetona hasta su oreja le susurró: "¿quieres contarme la historia de esta flor?".


                                                                           by ToTe  

Saturday, September 01, 2012

Blue Moon

Fue clara como el agua, te lo dijo mirando directamente tus ojos, su espalda inclinada hacia adelante para que pudieses escucharla mejor. "Jamás podrás llevarme a tu cama, chico listo". Llevabas tres meses detrás de ella, aprovechando todas las oportunidades que se te presentaban para decirle algo, te bastaba cualquier excusa para acercarte y intentar establecer una conversación. Sin embargo, ella se mostraba siempre distante, no brusca, pues nunca se mostró o dió signos de enfado o agobio, pero si denotaba su comportamiento una actitud cauta y a la defensiva. Aunque sentías que jugaba perfectamente al juego de seducción que le planteabas era, desde luego, la vez que más te estaba costando conseguir un pequeño gesto que compensase tanto esfuerzo.

No te diste por vencido, no por el mero hecho de que tu tradicional cabeconería te llevase a ello, sino porque la dificultad y el reto que ella estaba suponiendo, añadían un plus que te motivaba aún más. Estaba siendo esa cuesta empinada que por mucho que corres, parece no terminar nunca, pero que disfrutas a cada doloroso paso. Ibas a llegar a esa meta, lo conseguirías, lo sabías y punto.

Así que cuando escuchaste de sus rojos labios esas palabras, "jamás podrás llevarme a tu cama, chico listo...", pensaste en mil y una respuestas ingeniosas para replicarle, "soy un poco exhibicionista, me gusta que nos miren las estrellas...."  o, "no necesito una cama para lograr que sueñes con haber llegado al séptimo cielo...". Pero algo en ti te detuvo, era ese sexto sentido que te advertía cuando debías estarte callado, pues la balanza comenzaba a inclinarse de tu lado. Y sucedió, porque ella no terminó ahí su frase, y las palabras que escucharon tus oídos te parecieron música celestial, "jamás podrás llevarme a tu cama, chico listo, eso solo ocurrirá si algún mes tiene dos lunas llenas...".

Una sonrisa apareció en tu cara y un brillo iluminó tus ojos. Te acercaste despacio y con suavidad la agarraste de su peligrosa cintura, tu cara se aproximó a su oreja y le susurraste, "chica lista, toda la noche de hoy tenemos para nosotros dos, una magnífica luna azul, si mi preciosa chica lista..." y mientras ella apoyaba su cabeza en tu hombro, comenzaste a cantarle, "Blue moon, you saw me standing alone..."

Sunday, August 26, 2012

Yo quiero ir a la luna

Lucha por hacer tus sueños realidad, lucha contra aquellos que quieren que despiertes. 

- ¡Estoy harto!, ¿sabes?, ¡me tienes harto! Tienes que entender que no puedes ir por ahí dicendo esas cosas.
- Pero papá...
- ¡Ni pero ni pera hijo!, por favor, comprende que una cosa es cuando juegas con tus amigos en el parque, pero otra muy diferente cuando la señorita te pregunta en clases qué quieres ser de mayor, no puedes contestar eso y mucho menos, enfadarte luego si tus compañeros se ríen de ti.
- Me da igual que mis compañeros ser rían de mí papá.
- Pero tienes preocupada a tu madre cariño, es la tercera vez que tiene que ir a recojerte al despacho del director, ¿qué te pasa cielo?
- Nada, te lo juro papá, no me pasa nada, simplemente que ellos no me entienden, no quieren entenderme.
- A mi también me cuesta mucho entenderte, no puedo comprender esa manía que te ha entrado de querer pisar la luna.
- ¡Pero lo haré papi, pisaré la luna y tocaré las estrellas! ¡Lo haré!
- ¿Y se puede saber cómo lo harás?
- Volando en un avión muy grande, con alas muy grandes y que tiene unas ruedas especiales para aterrizar en la luna, ¡he hecho  hasta un dibujo!, ¿quieres verlo?
- Ahora no cariño, ahora lo que intento hacerte entender es que no puedes ir a la luna.
- ¡Claro que puedo...!
- ¡No!, ¡maldita sea hijo!,¡ no puedes! La luna está muy lejos y además no tiene aire, te morirás al no poder respirar.
- ¡Pues llevaré aire conmigo! Y el avión será muy rápido, tanto que si salgo por la mañana seguro que puedo estar de vuelta para la cena y así mami no se enfadará...
- ¿Y se puede saber cómo llevarás el aire contigo?
- Pues... pues... llenaré millones de globos y los iré vaciando a medida que me hagan falta. Y también llevaré agua y un sandwich y bueno, quizás algún regalo por si hay extraterrestes, mami siempre me dice que cuando vas a una casa que no es la tuya, siempre tienes que llevar algo, pero, ¿qué podré regalarles a los extraterrestes papi?
- ¡Ay, hijo mío, eres imposible! Eres igual de terco que tu abuelo, que en su día se empeñó en que montaría en un carruaje sin caballos y acabó conduciendo uno de los primeros coches.
- Sabes papi, creo que debería ir a una escuela donde me enseñen a pilotar aviones, sino no podré luego ser el piloto que vaya a la luna.
- Mañana lo hablamos Niel, ahora duérmete cielo. A veces pienso que con la pasión que tienes, acabarás por pisar la maldita luna.
- ¡Claro que la pisaré papi!

En memoria de Neil Armstrong (1930-2012), primer ser humano en pisar la luna.

"Este es un pequeño paso para el hombre pero un gran saldo para la humanidad"

Monday, August 20, 2012

La montaña de mi deseo

Ahí está, frente a mí todo ese impresionante paisaje hipnótico y sugerente que hace saltar los resortes de mis sentidos. Deseo perderme por esas finas y resbaladizas laderas, dejarme embriagar por el olor húmedo y misterioso que todo lo llena, saltar desde su misteriorso inicio y entrar en lo más profundo y cálido de su interior.

Ansío que las yemas de mis dedos surquen los contornos prohibidos de su mágica figura, sentir en ellos su calor, su extraña humedad, lo curioso de su carnal forma. Que todos mis sentidos juegen a una para no dejar un solo rincón sin barrer. Que mi boca,  mis labios, mi lengua puedan probar el oculto y amargo sabor salado, esencia misma de un fruto único e inolvidable.

No dejar de hacerlo hasta conseguir arrancar de su misma alma el eco de un gémido sensual, lejano pero intenso. No parar hasta lograr que el propio aire se llene de susurros y gritos, de rítmicos movimientos frenéticos llenos de un compás extraño pero a la vez conocido. No descansar hasta que el tiempo mismo se detenga y por un minuto, sólo por un minuto, sentir aquello que las emociones no pueden describir, sentir todo y nada hasta un final, inicio de un torrente que me invade, me lleva y me aprisiona en el deseo de un eterno retorno que ansía de nuevo volver a la cima de la montaña. Regresar al inicio en el que perderme una vez más.



Friday, August 17, 2012

Las peligrosas laderas de tu cuerpo

Diez kilómetros en cuarenta y tres minutos, eso sale a cuatro con tres minutos el kilómetro, cuenta fácil para mi cabeza, un ritmo fuerte sin duda, sin embargo tengo buenas sensaciones y encima, el pulsómetro las acompaña, da gusto correr cuando cuerpo, mente y esa máquina sin sentimientos van al mismo paso. Ahora solo pienso en disfrutar, ya llegará el momento de tirar de pasión y fuerza, de sufrir y luchar contra un cerebro que se niega a continuar corriendo, no se puede evitar, sé, mejor dicho, conozco en carne propia esa frontera que son los 36, si, el muro de los 36 no se corre con los pies, sino con el corazón.

La llevo delante desde hace unos seis kilómetros y no puedo dejar de mirarla. ¡Qué pensarán de mí si en una maratón dijese que una corredora me está motivando más de la cuenta! ¡Pero es que tiene una forma de correr que me vuelve loco! Esa cadencia sinuosa, sensual y excitante al balancear su cadera, como le acompañan al ritmo sus finas piernas, como se mueven hacia delante y hacia atrás esos morenos brazos y esa coleta, en la que lleva recogida su larga melena, que de un lado hacia otro parecen el metrónomo que dicta el paso a toda la bella sinfonía de su carrea. Lo único que sé de ella es su número y nombre, impresos en el dorsál de su espalda, Marta y 127. No dejes de correr Marta, por favor, si existe belleza en ésto, tú eres la responsable.

¿Será guapa? ¿Llevará gafas o podré ver sus ojos? ¿Tendrá un buen par de tetas? Desde luego tiene un buen culo, ¡ojalá todo esté al mismo nivel! Debería estár más centrado en mi carrera, pero estoy atrapado por tí, ya no corro para llegar a la meta, lo hago para no perderte de vista, para no dejar de ver ese cuerpo en movimiento. ¿Y si apuro el paso y me pongo a su lado? Vaya tontería estoy pensando, como si por ponerme a su vera fuese a mirarme y comenzar una conversación que acabase en donde estoy deseando que acabe, mi casa. ¡Sería la ostia! ¡Cuántos han ligado en una maratón mientras corren! Porque vale que en una boda y con el novio delante tiene merito pero, ¡en plena carrera! Soy un enfermo, pero es que está increíblemente buena.

No vendrá a mi casa, correcto, pero por lo menos sabré cómo es su cara y podré ver si tiene una buena delantera, decidido, Marta, el perro va a atrapar al conejo, y espero que en más de un sentido.

¡Vaya, lo que me hacía falta, es jodidamente guapa! No lleva gafas y a pesar de que no puedo ver bien sus ojos, creo que son negros. Desde luego es una niña morenita de toma pan y moja, Marta Marta, no sabes como estás poniendo a este corredor. No me importaría dejar un rato el camino y dedicarte el tiempo y la energía que te mereces.... ¿me ha mirado?, ¡si, si!, ¡me ha mirado! Puto corazón, llevas 25 kilómetros y justo ahora saltas, dios, si parece que estoy subiendo una montaña, hasta ella debe oír los latidos... ¡Sonrié! ¡Me está sonriendo! ¡Ésto es demasiado, flipa!

Marta, estás provocando al hombre equivocado, porque no entiendo por qué de golpe has bajado tu fantástico ritmo, te has ido hacia la derecha del trayecto y no paras de mirarme. Debemos estar por el kilómetro treinta porque seguimos por Casa de Campo. ¡Ay niña, si sigues así te haría pedirme tiempo detrás de un matorral! ¡Se ha parado! ¿Estará bien?, espera, ¿me ha guiñado un ojo?

Esto lo cuento y no lo creen. Vale que no soy de ir contando mis batallitas, pero ésta la digo y me llaman puto loco. ¡A ver quién se va a creer que me estoy tirando a una corredora detrás de un matorral en plena Casa de Campo, mientras supuestamente hacemos la maratón! Pero desde luego lo que tengo delante de mi naríz son unos labios rojos y carnosos, un olor único mezclado con sudor y no veas como me estoy poniendo. Martita, quizás no acabaremos la maratón, pero te juro que vas a llegar a tu meta más de una vez en esta carrera, porque mira que he corrido por jodidos senderos de montaña, pero nada como las peligrosas laderas de tu cuerpo...

Monday, June 25, 2012

El viento

El barco surcaba la superficie azul del océano con sus velas desplegadas al viento, los tres marineros de la nave miraban la inmensidad que se descubría ante sus ojos mientras la luz del sol bañaba su morena piel. De pronto P se dirigió al resto de sus compañeros:

- Vereís como dentro de nada el viento amainará y perderemos velocidad.

- Verás como no P.- Le dijo O con una sonrisa amplia.- Este maravilloso vientecillo seguirá así hasta que llegemos a puerto.

Mientras tanto R permanecía callado y los observaba muy atento, pero sin dejar de vigilar que los cabos estuviesen bien atados, controlando que las velas estuviesen bien orientadas y el barco siguiese  el rumbo marcado según el mapa.

- Siempre surgen imprevistos O, si no es el viento será una tormenta, el mar es muy traicionero, siempre depara sospresas desagradables. No me fio un pelo. Hay algo que me está dando mala espina.

- Tú siempre con tus predicciones P. Hazme caso siéntate en cubierta, relájate y disfruta de la travesía.

R seguía a lo suyo comprobando los instrumentos de navegación, yendo de un lado para otro para comprobar que todo estaba en su sitio. Se detenía un segundo en popa miraba el cielo, cerraba los ojos, llenaba sus pulmones del refrescante aire y un intenso olor a sal le inundaba. Pero permanecía callado.

De pronto, el viento dejó de soplar, las velas del barco se desinflaron y el barco comenzó a perder velocidad hasta que quedó a mercer del dulce movimiento del agua, en un vaivén suave y casi imperceptible. P se levantó y soltó un largo bufido:

- ¡Ves O! Te lo dije, nunca puedas esperar nada bueno del mar y mucho menos de algo tan cambiante como el viento. ¡Maldita sea! ¿Qué haremos ahora? Seguro que cuando vuelva, aún por encima, soplará en la dirección contraria, ¡ya verás, te lo digo yo!

- No P, verás como no, tranquilízate y si el viento cambia de sentido, esperaremos a que vuelva a soplar en la dirección correcta. ¡Eres un manojo de nervios siempre! Así no llegarás a viejo.

La situación no sobresaltó mucho a R, no le gustaba era evidente, pero no se dejó llevar por el desánimo ni la complacencia. Recogió las velas, miró de nuevo sus instrumentos, anotó la posición en el cuaderno de bitácora y estudió el último informe metereológico que habían recibido. De improviso, el viento comenzó a soplar de nuevo:

- ¡Ja, te lo dije o no te lo dije O! Ahora sopla en la dirección contraria.

- Tranquilo P, ya volverá a cambiar.

R se dirigió al mástil, desplegó solo una vela, ajustó la botavara y tomó el timón para correjir el rumbo. Desde luego no era un buen viento pues no les permitia ir a todo trapo, pero era mejor que nada. Aún no había pronunciado palabra.

Al cabo de un tiempo, el viento volvió a soplar con fuerza en el sentido correcto y mientras P aseguraba que sería una situación breve y que volvería a cambiar para complicar más las cosas, O no paraba de repetirle que a igual que había dejado de soplar, cambiado el rumo y regresado a la situación óptima, con calma y pacienca, la situación volvería a solucionarse si se volviese a estropear. R al mismo tiempo que ellos hablaban, desplegó todas las velas, fijó otra vez la botavara y tomó el timón.

Después de dos horas más de navegación donde el viento y las olas no dejarón de cambiar y modificar la situación, los tres marineros vieron puerto por fin. P y O siguieron intercambiando comentarios y R seguió callado.

Atracado el barco en el muelle y con los pies en tierra firme, al fin R habló:

- ¡Hemos llegado!


El pesimista se queja del viento; el optimista espera que cambie; el realista ajusta las velas.

Wednesday, June 20, 2012

Reuniones, malditas reuniones.

 Dedicado con cariño a todos los que aún no han dejado de luchar por sus sueños...

Doce horas de trabajo y renuniones no pueden ser buenas era la frase que A se venía repitiendo, desde hace casi media hora, como un mantra desde que había salido de la oficina. Cansado, con la cabeza alicaida y los hombros completamente derrotados por el peso del cansancio, miraba sus zapatos negros mientras éstos avanzaban ahora uno, ora el otro, por la gris acera de la calle.

El calor del verano ya casi instalado en la ciudad le pegaba la camisa a la espalda, como si en vez de algodón, la prenda de color blanco estuviese hecha de velcro y mientras la americana gris colgaba de su brazo derecho, el nudo de la corbata azul, que atenazaba como una soga su cuello, se aligeró por el tirón, primero a derecha luego a izquierda, que llevó a cabo con cierta parsimonia y lentitud con la mano que tenía libre.

Los pitidos suaves del móvil que llevaba en su bolsillo derecho le pusieron sobre aviso de la llegada de dos mensajes, pero lo que menos le apetecía en ese preciso momento era leer, sobre todo si se trataba de temas de trabajo y sabiendo como había salido la reunión, era lo más probable. Había llegado a ella con puntualidad y preparado todas las carpetas con la información del proyecto a todos los asistentes. Folios manchados con gráficos, tablas, cuadros, organigramas y demás herramientas supuestamente útiles para alcanzar los cinco puntos finales que el proyecto en concreto aseguraba cumplir.

Poco a poco fueron llegando todos los demás asistentes. El cliente, su jefe de equipo y detrás de ellos el resto de sus compañeros. Se sentaron cada uno en esas sillas negras y enormes ,como si de tronos reales se tratase, y después de un ligero murmullo inicial de saludos y comentarios, todos abrieron sus respectivas carpetas y clavaron su ojos en él. No pudo evitar la sensación de estar delante de un pelotón de linchamiento en el cual todos sus verdugos vestían caros trajes de corte italiano, corbatas de seda y peinados engominados. Era como si todos ellos hubiesen salido del mismo molde, como si todos fuesen producto de una cadena de montaje de muñecos ejecutivos al uso.

Dos horas después de discusiones, reproches, mal entendidos, acusaciones, disculpas y compromisos que sonaban más falsos que los vertidos por un político en campaña electoral, la reunión se dió por terminada. Y todos los presentes se fueron del mismo modo que vinieron. A se quedó allí sentado, mirando al techo y con una preguntan rondado su cabeza una y otra vez, ¿por qué?... ¿por qué?

Ya no es que estuviese cansado físicamente, que lo estaba sin duda, pero a ese agotamiento había que sumar una sensación de derrota y cierta apatía. Llevaba en la firma ya un año y a pesar de las ilusiones y esperanzas que había puesto al comienzo, había acabado sintiendo lo mismo que en su último trabajo. Ésto no era lo que él esperaba para el resto de su vida, ésto no era lo que se veía haciendo un día y otro, así hasta su jubilación o se hartase y se pegase un tiro o saltase, cual película de Hollywood, por la ventada del último piso del alto edificio. Pero, ¿qué podía hacer? Estaba totalmente desorientado.

A A lo que le gustaba era escribir. No podía contener su torrente literario y prueba de ello era que siempre que podía estaba escribiendo. Lo hacía en su blog, lo hacía en casa con su ordenador portátil, en libretas y con bolígrafo porque aún seguía disfrutando del contacto en su mano de la tinta y el papel. Relatos, cuentos, poemas, frases, reflexiones, cartas, su diario. Su imaginación y creatividad eran una auténtica cascada desbordante de historias esculpidas con letras en vez de mármol. Sin embargo, ¿cómo poder vivir, mejor dicho, sobrevivir de su pasión? No, tendría que aguantarse y seguir conformándose con dar rienda suelta a su vena artística en los momentos libres que la rutina le dejaba.

Y mientras caminaba y reflexionaba se topó con un extraño sobre en el suelo que le sacó de sus cavilaciones. Parado frente a esa inesperada sorpresa tirada en la acera, no pudo evitar el impulso de ver de qué se trataba y lo que encontró lo dejó sin aliento.

Era una carta dirigida a su nombre. ¡Cómo era eso posible!. ¿Se le habría caído al cartero mientras buscaba otras cartas? ¿O la había extraviado el destinatario mientras la llevaba al buzón? Le dió la vuelta pero para su sopresa, no constaba ningún nombre ni dirección, nada que le pudiese dar alguna pista sobre quién le enviaba esa mivisa.

La ansiedad se comenzó a apoderar de A y decidió abrirla allí mismo sin esperar un segundo más. Rasgó la parte superior rompiendo parte del sobre y sacó con rapidez el folio perfectamente doblado a la mitad que había en su interior. Lo desdobló y comenzó a leer. Al cabo de unos segundos, empezó a llorar y las lágrimas le resbalaban por la mejillas, cayendo algunas sobre el papel y otras sobre la acera. No podía creer lo que estaba leyendo, simplemente era imposible.

Se sentó en un banco de madera cercano, dejando a un lado su americana y volvió a leer con más calma la carta. Seguía sin entender como aquello era posible. La maldita carta supuestamente estaba escrita por su padre, que había fallecido cinco años antes después de una dolorosa enfermedad. Aquello tenía que ser una broma, una broma de muy mal gusto. Miró a su alrrededor pero no fue capaz de notar algo raro o sospechoso más allá de las miradas extrañadas y sorprendidas de los viandantes cuando lo observaban. Volvió a releer las palabras que había escrito su padre:

"Querido A,

Durante los últimos años he visto como tu alegre mirada y cálida sonrisa se iban apagando poco a poco. Ese niño feliz, inquieto, saltarín, alegre, coqueto e inteligente se fue convirtiendo en un adulto que se olvidó de reír. Lo acepté porque no parabas de decirnos a tu madre y a mí que eras feliz, que te gustaba tu trabajo y que era lo que realmente deseabas hacer. Pero yo sabía que estabas mintiendo, pero de nada hubiese servido enfrentarse a tí, asi que decidí, decidimos, callar.

Luego llegó mi enfermedad, que me postró a la cama y tú te volviste aún más callado y lejano, sé que lo hacías para no preocuparme, para que no sufriese, no querías que tus miedos y dudas agravasen mi situación. ¡Cómo si un padre o una madre no fuesen capaces de percibir los sentimientos de sus hijos! Pero callé porque era tu decisión.

Sin embargo, ahora ya no tengo porque silenciar lo que deseo decirte. A, durante esos cinco años tan duros para mí, la única cosa que me mantenía vivo, la única medicina que calmaba mi intenso dolor eran los relatos que tu madre me imprimía de tu blog, los que leía de las libretas que durante tantos años acumulaste y dejaste en tu habitación. Tus historias, amado hijo, fueron el bálsamo que hizo mis últimos años un camino de felicidad infitina, porque por fin sabía que era lo que te hacía feliz. Por fin conocía aquello que podía devolverte el espíritu de ese niño alegre, inquieto, saltarín...

Asi que, hijo mío, no tengas miedo de vencer lo que está llenando de oscuridad y malestar tu vida. Decídete, como lo has hecho siempre, por aquello que te hace feliz y hace feliz a su vez a todos los que te quieren y aman. Comparte tu don, tu auténtica pasión y haz lo que de verdad deseas hacer. Claro que no será un camino fácil, como nunca lo han sido los que antes has emprendido ¿recuerdas?, pero no olvides lo bien que lo has hecho hasta ahora, cuando has elegido dar el salto, y lo bien que has luchado por conseguir lo que siempre has soñado.

A, no dejes de ser tú mismo, no dejes que nada ni nadie te impida alcanzar tu meta, luchar por tus sueños. A, impide que la derrota se instale en tu ser y dejes de ser feliz, ni siquiera a tu mismo yo le permitas facilitar ese sendero.

Tu padre, que te quiere."

Y A se levantó y comenzó a caminar al fin de nuevo.
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