Saturday, April 22, 2006

El alferero

Cipriano Algor era alfarero. También era viejo, muy viejo, bueno, eso era lo que decían de él, porque Cipriano pensaba al respecto que aunque su cuerpo no fuese el de un jovenzuelo, su corazón y su alma seguían con las mismas ganas de vivir que las de un adolescente cualquiera.

Tenía una hija y un yerno, su esposa hacía unos cuantos años que había muerto después de una larga enfermedad, recordaba el día que, en la cama que habían compartido durante muchos años, ella le besó la mano y luego murió, Cipriano no lloró, se levantó le dio un beso en los labios y le susurró al odio: “tranquila, volveremos a vernos, ahora descansa.”

Su hija y su yerno trabajan en el descomunal centro comercial que hace unos dos años habían abierto a unos cuantos kilómetros del pueblo, desde entonces su alfarería no conseguía levantar el vuelo, llena de perdidas y cada vez menos ventas. La gente había cambiado sus delicadas vasijas de barro artesanales por las de plástico, más baratas, limpias y tan frías y poco artísticas, pero a él le daba igual, seguía levantándose a las seis de la mañana todos los días para preparar el barro y el horno y seguir haciendo sus vasijas de barro. Su hija no hacía más que gritarle que dejase de trabajar tontamente, que la gente ya no quería comprar sus tonterías hechas a mano, el yerno por su parte, callaba pero por dentro, y Cipriano lo sabía, deseaba que el viejo se fuese a una residencia y así poder vender la casa y marcharse a uno de los edificios que el centro comercial había construido para los trabajadores fijos.

Un buen día, con un sol radiante y una magnifica brisa de primavera, después de haber horneado la última tanda de jarrones de barro y haberlos colocado a secar, el yerno se acercó a él y le comentó que por fin habían conseguido el piso que tanto deseaban por tanto, tendrían que recoger todo y marcharse para la ciudad, por supuesto, Cipriano tendría su propia habitación. Mirándolo fijamente, Algor dijo no y siguió con sus tareas en al alfarería, porque una vez acabada la tanda de vasijas, había que dejar todo limpio para el día siguiente. Cuando uno está enfrente del torno, las cosas no pueden estar fuera de lugar, pues un despiste a la hora de tornar significa perder una pieza. Cipriano defendía la tesis de que el alfarero era como una especie de Dios, que tenía que estar atento a como modelaba su pieza, en como la forma amorfa del barro se iba convirtiendo poco a poco, gracias la unas manos viejas pero expertas, en un objeto determinado, ahora un plato, ahora un jarrón y al final quizás un botijo. El yerno no insistió en la proposición, se marchó esperando que posiblemente la hija ablandase la terquedad del viejo, pero tampoco por la noche, cuando la hija de Cipriano le comentó la oferta, el empecinado viejo aceptó.

A las dos semanas y después de varias amenazas de abandonarlo en ese cuchitril de casa y alfarería, la hija y el yerno se marcharon a vivir al centro comercial. Cipriano los despidió y volvió a su tarea, en su cara no había rastro de tristeza o amargura, al contrario, era feliz porque podía seguir haciendo lo que más le gustaba.

Una vez cada dos semanas, recibía la visita de sus amada hija y su yerno, celebraban una comida por todo lo alto y le contaban las maravillas que había en el centro comercial, la de multitud de cosas que podían comprarse y la amplísima oferta de ocio que la ciudad y el propio centro ofrecían, sin embargo, Cipriano decía que esas cosas no eran para él.

Era una mañana de invierno, un martes para ser más preciso y Algor escuchó desde su cama, en la cual estaba tapado hasta el cuello por el frío que hacía, el ruido de un motor, pensó que no podía tratarse de su hija, pues había venido a visitarla el domingo y aún tendría que pasar algún tiempo para otra visita, curioso se levantó y observo por la ventana. Efectivamente, en el descampado entre la casa y el taller había un coche con matricula extraña, parecía distinguirse a una pareja y un niño.

Bajó una vez vestido y dirigiéndose hacía ellos les preguntó que deseaban, querían comprar artesanía, habían visto el letrero de la alfarería y buscaban algo artesanal, no plástico industrial. Cipriano les mostró todo lo que tenía guardado. Mientras los padres miraban y elegían aquello que querían comprar, el niño, con cara de pillo lo miró curioso, en su cara se veía que estaba bastante extrañado.

-“¿Y tu vives sólo?.” Preguntó el niño.

- “Si.”

- “Y no te aburres aquí, sin nadie con quien hablar.”

- “No, tengo muchas cosas que hacer, ves.”- Dijo señalando Cipriano el almacén.- Todo eso lo creo yo con mis manos.”

- “Yo también soy un artista, en verano hago castillos de arena. Todos me preguntan porque los hago si siempre acaban destruidos por culpa del mar, pero no les contesto. Me gusta hacer castillos de arena, además, seguro que algún día hago uno que el mar no pueda romper.”

- “Ay pequeño, que listo eres.”

Los padres volvieron en ese momento con unas cuantas piezas, Cipriano les regalo dos más y al pequeño le dio una figurita de un rey hecha por él mismo de barro, “este eres tú, el rey de tus castillos de arena.” El coche se alejó y Algor volvió para casa, tenía ganas de tomarse un café calentito, de camino recordó lo mucho que se parecía a ese niñito, cuando era feliz todo el día, feliz porque sí, incluso recordó como iba dando saltitos todo el día feliz, y con una sonrisa se dijo: “menos mal que sigues siendo feliz, aunque no puedas dar saltitos, la edad no perdona Cipriano, sigues siendo feliz.”

Algunos de mis poemas

He estado leyendo mi cuaderno azul, donde tengo anotadas muchas cosas, desde frases y poemas hasta recuerdos de todo tipo. Les dejo aquí una selección de los, personalmente, mejores poemas que tengo recopilados. Espero que los disfruten.

"Pero abonda unha bágoa para que o máis deslumbrante dos soles sexa unicamente noite" Joaquin Miro, Calquera noite pode sair o sol

"Puedo mentir, pero no quiero hacerlo aquí; porque se trata de un recuerdo y aualquier imbécil puede retorcer los alambres del recuerdo, darle formas bonitas, colores adecuados, plantarlos encima de un mueble o una charla." Júan Carlos Onetti.

"Ah, what a trife is a heart / If once into love´s hands it come." John Donne

"Soy lo que no entiendes
y simplificas
lo que no puedes cambiar
y limitas
lo que necesitas y humillas.

Por más que te obedezco
no hago lo que deseas.

Por más que me anulas
te lastimo" Miriam Reyes; Dos poemas


"Como un alba que ha sido labrada
entre lo oscuro
en la noche del
mundo
negra noche
como cerrar los ojos (y no verte...)" Javier Vela

"Siempre que sueño las playas,
las sueño solas, mi vida,
... Acaso algún marinero...
quizás alguna velilla
de algún remoto velero..." Rafael Alberti, Siempre que sueño las playas

Sunday, April 16, 2006

Reflexiones en torno a una Semana Santa frustrada pero fructífera

Quizás no ha sido como se había planeado, pero no hay mal que por bien no venga, y si esta Semana Santa no ha dado los frutos deseados, si ha servido para una profunda reflexión sobre lo que me rodea, una meditación tranquila, solitaria y modestamente, creo que muy útil.
Hace dos mil años un tal Jesús, aún siendo consciente del fatídico final que le esperaba, no escapó, no huyó, aceptó su destino con un estoicismo envidiable. Fue clarísimamente víctima de sus ideas, las cuales no dejó de defender ni siquiera ante la tortura, la muerte o incluso la traición de un supuesto ser querido. Bienaventurados aquellos que son fieles a si mismos a pesar de las lapidaciones a los que los someten los demás, porque de ellos será la recompensa de ser auténticos, firmes y serenos.
Y mientras él moría, que mierda hago yo, pensé una noche, pues hagamos cuentas:
1. perder el tiempo en pasados que difícilmente volverán, porque de hacerlo dejarían de ser pasado, algo que es imposible.
2. acabar una carrera que en el fondo no quiero terminar, porque el futuro me produce auténtico pánico.
3. seguir preocupándome por personas que dentro de unos años, cuando todo esto haya finalizado, no se acordarán ni de cómo me llamo.
4. esclavizarme en un amor imposible, tan poco realizable, que incluso un profesional de la psicología posiblemente denominaría a esa patología como síndrome de la estupidez de Alberto.
5. no ser capaz de abandonar de una vez por todas este estado de autocompasión y melancolía sin sentido.

Después de varios minutos intentando encontrar una solución a todos los anteriores puntos, llegué a una sola conclusión: chico que jodido lo tienes. Así que decidido bajé a la calle, y me fui de juerga solo toda la noche. Bienaventurados aquellos que pueden ver algunos de sus defectos y aceptarlos, porque para ellos siempre habrá una botella de Ballantine´s y lindas mujeres para hacerles olvidar por un rato. Y los amigos por supuesto. Porque, punto por punto:
1. por qué olvidar los buenos recuerdos y dejar de aprender de los malos
2. el que lo vea todo claro o está muy fumado o es hijo de Florentino Pérez
3. seguir plantando, que seguro que entre todo lo plantado, algo queda, es lo bueno del tiempo, que enseña a diferenciar la paja del grano.
4. peor es no tener a nadie a quien amar
5. ¿autocompasión? ¿melancolía?, espera que me las encuentre algún día por la calle que van a ver lo que es bueno

Es la ventaja de vivir por fin en mi propia nube azul, que al cielo, las pedradas no llegan. No era listo ni ná el Jesús, al final, él también ascendió a los cielos para pillarse su propia nube…

Y al despertar...

El roce de tu piel sobre mi cuerpo, tu cabeza oyendo mis latidos, unas manos acariciando mi cara con toda la suavidad de una diosa griega. Tus muslos entrelazados entre mis piernas, tus labios besando los míos, carne contra carne, batalla de sexo y pasión. Pechos deliciosos entre mis manos, tersos, suaves, firmes y delicados cual seda de cuento lejano, aire de oriente lleno de jazmín, incienso y rosas. Miles de centímetros llenos de sudor y lujuria. Cuerpo de pecado divino para comer con gula desenfrenada, labio a labio, mano a mano, sexo a sexo. Calor, gemidos, caricias, gotas encendidas de sudor ardiente, desenfrenada batalla de hedonismo suelto para el simple disfrute carnal.

Juegos de boca y lengua que sonrojan al mismísimo Eros, placer supremo al oir el latir de tu fuego en mi, mujer de diabólicos ojos negros.
Sentir despacio, poco a poco, centímetro a centímetro como me haces tuyo y como te haces mía, tacto perverso de suprema devoción.

Al final, un gemido, un suspiro, el beso más tierno y la mano en mi pecho más caliente y dulce jamás vivida, y lo mejor, notar como tu pelo cae sobre todo mi cuerpo, ahora, ya cansados, con tus ojos clavados en los míos, con tu respirar cada vez más pausado a mi lado, cuerpo con cuerpo, el saber que mañana, al despertar, tu estarás a mi lado…

Saturday, April 01, 2006

Sin rencores

Esto sigue amigos, así que, a los que han ido suerte y a los que se han quedado a pesar de las distancias y las dificultades, mil gracias por no olvidar, por todo al fin y al cabo. Así de simple, así de sencillo, así de fácil...

Thursday, March 30, 2006

Anécdotas de un griposo de paseo

Amodorrado por una gripe persistente que se niega a querer abandonarme, no he querido verme vencido por el cansancio y el malestar general que posee mi cuerpo; con esa idea en la cabeza, salí a dar un paseo a pesar de que a lo mejor, en el momento menos previsto, me cayese al suelo debido a lo débil de mi estado.

Ya en la calle, una leve brisa y el contacto cálido del sol, lograron lo que los medicamentos no han hecho, despejar mi cefalea y motivarme a dar un buen paseo para recuperar los ánimos. Así que casi como rejuvenecido, emprendí una caminata por los Cantones dirección Calle Real, con la intención de pasar por el Teatro Rosalía de Castro para ver la programación y de paso, detenerme en los diferentes escaparates, sobre todo el la Librería Colón, a la caza de algún libro que devorar este fin de semana, de presumible encame obligado.

Dejando atrás los verdes jardines del Cantón Mayor, el Casino y la nueva sede de la Fundación Caixa Galicia, me introduje de lleno en el gentío de la Calle Mayor, por lo visto toda una multitud de personas habían tenido la misma idea que yo, pero a quien le guste la soledad que se vaya al campo y no viva en una ciudad.

A la altura de la Librería Colón, empecé a oír la dulce música de un violín, desde luego la persona que lo estuviese tocando no lo maltrataba, por lo que podía percibir a esa distancia, ese músico sabía lo que se hacía con uno de los instrumentos que más cariño y dedicación pide. Creo que junto con la flauta y la gaita, el violín es uno de los instrumentos más exigentes y duros que hay, capaz de transportarte a mundos lejanos y exóticos si se sabe tocar, como al mismo tiempo se transforma en juez cruel y severo cuando alguien intenta aprovecharse de él.

Con la una tremenda curiosidad intenté localizar quien podía ser el pequeño genio que tocaba así. Lo encontré a pocos metros, tapado por la marea de gente, ¿he dicho lo encontré?, lo correcto sería decir la encontré. Se trataba de una chica de cabellos rubios, ojos azules, piel clara y unas manos realmente virtuosas. Deduje por su fisonomía que no era de la tierra, posiblemente se tratase de una emigrante del este de Europa o incluso de Rusia. Pero esas dudas pronto se disiparon cuando comenzó a tocar de nuevo una pieza, que si mis conocimientos de música clásica no se equivocan, era Preludio para violín de T. Balizar. Era una maravilla verla tocar, toda una experiencia ver como deslizaba el arco por las cuerdas, el manejo de los dedos, el posicionamiento de la cabeza para permitir alcanzar las notas más altas, en fín, todo un lujo y gratis, en plena calle. Sin dudarlo, cuando acabo la pieza, compré dos discos compactos que ella misma había grabado en un estudio de la ciudad. La compra fue la excusa también para calmar mi lado cotilla y saber más de ella. Me comentó que se llamaba Katia, era de San Petesburbo y llevaba en España unos tres meses, me sorprendió lo bien que hablaba español aunque no podía ocultar su acento. Sin saber porque motivos, la invité a tomar un café, se asusto en un principio, pero después de pensarlo un rato, aceptó.

Entramos en una cafetería que había enfrente de donde tocaba. Ahora que estaba sentado delante de ella, no sabía que hacer y Katia se percató y comenzó hablar. Me contó que había estudiado español desde el colegio, que en Rusia se estudia mucho porque a España se le ve como un país rico y lleno de oportunidades para gente como ella. Me contó también que desde ya muy pequeña tocaba el violín, y desde que tenía memoria siempre le gustó, de hecho, fue al conservatorio en Moscú, y acabo sus estudios de Violín, Viola y Piano. Sin embargo, en su país, según ella, no había buenas oportunidades de trabajo, así que con una maleta, lo que llevaba puesto y su violín, tomó un buen día la decisión de venirse a España. Desde esa fecha hasta este día, habían pasado tres años, estuvo en Alemania, Austria, la República Checa y finalmente España.

Le pregunté que tal se encontraba entre nosotros, estuvo un momento reflexionando, quizás buscando las palabras adecuadas para no ser muy descortés con el país que la acogía, al final confesó que estaba muy feliz de estar aquí, pero también muy desilusionada, pues los sueños que parecían felices desde Rusia, no se cumplían tan fácilmente en España.

Me contó que por las mañanas trabajaba de asistenta en varias casas haciendo la limpieza, y por las tardes, si el tiempo lo permitía, se bajaba a la calle a tocar y ganarse unos euros con lo que más le gustaba. No renunciaba, según ella, a tocar algún día en alguna orquesta de España. Se calló luego, y se levantó agradeciéndome el café y la compra de los cds, y se excusó diciendo que tenía que seguir tocando.

La vi como se marchaba hacia su esquina, cogía el violín y empezaba a tocar de nuevo, yo por mi parte, me quedé un buen rato mirando para ella mientras tomaba mi café, transportado por una música casi celestial, deseando que sus sueños se cumplan algún día.

Tuesday, March 28, 2006

Una piedra en medio de la calle

Caminaba tranquilo por la calle. Era un día nublado, con instantes de sol y lluvia, desde luego no era uno de esos días que propiciase el disfrutar de un paseo, pero la necesidad de aire fresco y despejar la cabeza hizo que ignorase las inclemencias del clima. Por la calle, gente, mucha gente, unos con paraguas, otros con sombrero, unos chiquillos detrás de unas chiquillas, unos ancianos hablando, lo cotidiano en estado puro.

Cuando no llevaba más de cuarenta minutos de un lado para otro, me tropiezo con una piedra, no muy grande, redonda, casi como un canto de río. ¡Qué extraño!, pensé, es muy raro encontrarse un pedazo de roca de este tamaño, a pesar de no ser muy llamativo como ya comenté, en medio de la calle. Me detuve un momento mirándola.

Casi redonda, como ya he dicho, era de un color grisáceo muy fuerte, con motas de negro y blanco, parecía desprender un brillo interior propio, sin embargo, lo más curioso es que parecía ser el único que era capaz de ver esa cualidad tan especial, el resto viandantes me miraban sorprendidos, con una expresión de extrañeza y cuando intentaba señalarles la piedra, dirigían sus incrédulos ojos al suelo, los levantaban y me miraban diciendo que allí no había nada más que una roca fea y gris.

Aún así, algo en mi interior me decía que no podía abandonar aquella piedra. A pesar de que todo, estoy seguro de ello, pensaba que estaba loco, decidí, sin pensarlo más veces, guardar la piedra en mi bolsillo.

Al llegar a casa, me senté y puse la piedra encima del escritorio de la habitación, la piedra parecía ahora más pequeña, más agradable, cómo decirlo, más cercana quizás. Daba la sensación que llevaba conmigo toda la vida, pero sólo hacía dos horas y media que la había encontrado. Me fui a la ducha. De regreso del baño, mientras me vestía observe que la piedra estaba moviéndose, como con pequeños temblores, se parecía al instante en que un polluelo intenta salir del cascarón de su huevo. A los pocos segundos, la piedra se partió en dos y apareció ante mí una pepita de oro. Boquiabierto recogí la pepita y la observé más de cerca, sin duda, a pesar de que no poseer conocimientos de geología, sabía muy bien lo que era.

Me acosté con una satisfacción enorme, pensando en la suerte que había tenido y reflexionando sobre el hecho de que los demás, a pesar de ver una piedra, no sintieron curiosidad por ella como lo hice yo, quizás porque esperaban ver algo más que un simple trozo de roca en medio de la calle, por eso no veían nada.

Al día siguiente, esperando el autobús para dirigirme a la facultad, un señor mayor, vestido de una forma bastante extraña, con una especie de traje de época con un monóculo, sombrero de copa y pajarita de colores se puso a mi lado, me miró fijamente y al cabo de un tiempo me dijo:

- “No todos los días se encuentran pepitas de oro verdad”

Sorprendido y asustado pensando que iba a quitarme mi tesoro, le conteste que no tenía ni idea de lo que hablaba.

- “Claro que sí, no tengas miedo, no voy a quitarte tu trozo de piedra.”

- “¡Eh!, no es un trozo de piedra, es una preciosa pepita de oro.”.-  En ese momento maldije mil veces lo bocazas que podía llegar a ser.

- “No, es un trozo de piedra querido jovenzuelo, mírelo lo usted.”

Con miedo, introduje la mano en el bolsillo donde había depositado mi pepita de oro, la extraje y, horror, efectivamente allí estaba otra vez el la piedra, gris, fría, oscura.

- “Pero que le ha hecho a mi oro.”

- “Nada joven, siempre ha sido una piedra nunca una joya.”

- “Pero……”.- Balbuceé sin poder decir más.

- “Tranquilo, tu has sido el único que ha sido capaz de ver una pepita de oro que se disfraza de piedra vulgar. Incluso cuando te decían que estabas loco por llevar un peso tan inútil en tu bolsillo; pero ellos no entendían como podías cargar con aquella fea piedra sin valor y utilidad. ¡Qué engañados estaban!”

- “Pero….”

- “Mira de nuevo tu mano.”

Cuando miré de nuevo la piedra, asombrado comprobé que se había transformado de nuevo en una pepita de oro. Quise saber el nombre de ese anciano tan extraño y singular, pero al levantar la vista de mi mano, ya no estaba allí, había desaparecido por arte de magia. Sólo con el pasar de los años entendí la verdadera lección que me enseñó el viejo y la piedra… .

Monday, March 27, 2006

Ahora veo lo ciego que estaba

Ayer por la noche volví acordarme de ti. Es normal, no ha pasado tanto tiempo, dos meses quizás, no más. Y mientras lo hacía caí en la cuenta de lo estúpido que fui, increiblemente idiota al haber pensado que, por culpa de unos ojos negros, buscaba más que lo que tu ofrecías. No hay rencor, ni amargura, ni dolor, sólo sorpresa por lo fácilmente que alguien como yo se ilusiona con las cosas más tontas.
¿Qué aquello no fue una cosa tonta? eso pensaba yo, pero tu no opinabas lo mmismo cuando dijiste que sólo fue un buen baile de cuerpos y sexo. ¡Qué estabas equivocada! No, no me lo digas ahora, porque justo en este momento es cuando yo me doy cuenta de que tenias razón y lo de esa noche, no fue más que puro sexo con un cuerpo desconocido. Ya ves, sólo los tonto se enamoran.

Tuesday, March 21, 2006

Lluvia

Llovía con fuerza, el agua caía con tal intensidad que los paraguas se hacían inútiles y lo único que realmente importaba era esconderse del aguacero en cualquier lugar guarecido. Él llevaba ya unos cuantos días viviendo en el banco enfrente de casa. Allí comía, veía pasar a la gente, los niños e incluso dormía. Nunca pensé en hablarle, pero por bromas del destino, esa tarde, el diluvio hizo que compartiésemos una balconada para no mojarnos. Al principio, ninguno de los dos nos hablamos, pero al cabo de un tiempo, comentó que la tromba de agua iba para rato, que menos mal que no tenía nada importante que hacer, luego se rió.

- “Me llamo Juan, ¿y tú?”

- “Alberto” le contesté secamente.

Debí ser un poco grosero en mi entonación que vaciló un rato, bajó la cabeza y parecía que iba a callarse cuando me digo:

- “¿Eres de Coruña?”

- “No, soy de Verín, una villa al sur de la provincia de Ourense”.

- “¡Ah!, la villa de Monterrey, bonito lugar, me gusta su castillo y sus vinos”.

- “Si, dicen que no están mal, supongo, no sé mucho de vinos”

- “Claro, ahora los jóvenes el vino lo mezcláis todo con coca-cola, jejejeje, tengo que reconocer que está muy bueno, pero sigo prefiriendo el vino al natural.”

No hacía falta que lo jurase pensé, su aspecto era horrible, con ropas andrajosas, pelo sucio, la cara totalmente roja por el alcohol, posiblemente el cartón de vino que se encontraba a pocos metros de nosotros, en el banco. Su olor era fuerte, nada agradable a la nariz, menos mal que nos hallábamos a cielo abierto, en un lugar cerrado hubiese sido imposible aguantar a su lado.

- “Sabes, la gente cuando me ve piensa que soy un pobre desgraciado, un borracho que no es capaz de salir de la miseria donde se ha hundido…”

- “Bueno, no sé”

- “Claro que sí, no puedes ocultar que estás pasando un mal rato debido a mi perfume natural…”

Sólo lograba decir monosílabos sin sentido, vacilando pues no quería herir sus sentimientos, pero también es cierto que no aguantaba su olor corporal.

- “Llevo la vida que gusta.”

- “Si, por supuesto.”

- “Es cierto, hace unos veinte años mi mujer y mis dos hijas murieron en un accidente de coche…”

- “Lo siento”

- “Gracias, pero ya lo he superado, no quiero decir que las haya olvidado, pero el dolor con el paso del tiempo siempre va a menos, es como si el propio cuerpo se curase para no sufrir tanto.”

- “Puede…”

Seguía lloviendo con intensidad, sólo deseaba que parase o por lo menos, disminuyese la intensidad para así poder marcharme a casa, pero el agua parecía no dar tregua.

- “Después de la muerte de mi mujer e hijas, caí en una depresión, perdí mi trabajo y con ello mi casa y todas mis pertenencias, los bancos se quedaron con todo.”

- “Lo siento.”

- “Deja de decir que lo sientes hombre, realmente te importa un carajo, es normal, a mí también tus problemas me importan un carajo, no te cuento mis penas, sólo quiero que sepas que la vida no es un camino de rosas chaval…”

- “Gracias, pero ya lo sé…”

- “No me mal interpretes, la vida es una mierda mientras sigas pensando que lo importante es encontrar un camino determinado, mientras pienses que si no consigues un buen trabajo, una mejor esposa y la mejor casa eres un perdedor. No, sólo cuando eres consciente de que esas cosas son superfluas puedes ver la vida no como un camino, sino como infinitos caminos que puedes recorrer sin tener en la cabeza cosas que echas de menos.”

- “Claro….”

- “Si, claro que entiendes, sabes perfectamente lo que digo, el desgraciado no soy yo, sois todos vosotros que camináis de un lado para otro sin saber donde ir, perdidos, pensando que llegáis a una meta, pero siempre volvéis a la línea de salida. Yo sin embargo, hoy estoy aquí, mañana en otro lugar, cada vez que un sitio me aburre, sólo tengo que recoger mis cartones, mi manta y ponerme a caminar de verdad hacia un lugar. Sin pesos, sin ataduras, sin nadie que me diga que tengo que volver. Soy libre de ir a donde me plazca, no tengo que justificarme ante nada ni ante nadie…”

- “Bueno, pero tendrá que reconocerme que ha dejado de lado muchas comodidades, y que su vida ahora mismo no es nada saludable…”

- “Lo importante no es vivir mucho, sino vivir como quieres realmente vivir, ¿vives tú como realmente quieres hacerlo?”

- “Claro….”

En ese momento, la lluvia era ya menos intensa, me despedí de él y mirando el reloj comprobaba que llegaba tarde al gimnasio. Mientras él, caminó hacia el banco, cogió su cartón de vino y volvió hacia la balconada, se sentó, bebió un trago, se tapó con la manta y se acurrucó para dormir. Puedo casi jurar que nunca he visto una cara con una expresión de tranquilidad como aquella, yo sólo pensaba en que no llegaba a tiempo… .

Sunday, March 19, 2006

Seis

El señor apacible y con buenos estudios recorría una avenida arbolada y tranquila cuando oyó un repentino zumbido, como de algo que girara, a su lado; se dio la vuelta para mirar y vio abrirse en el suelo un abismo en forma de embudo; a medida que giraba, el abismo iba ensanchándose, hasta que alcanzó una anchura de tal vez dos metros; y seguía girando. El señor, que no carecía de espíritu de observación, descubrió que el abismo no estaba inmóvil sino que, aunque la cosa pareciera inverosímil, se desplazaba; más exactamente se movía junto a él. Dio algunos pasos, y el abismo le acompañó, dándole, por decirlo de algún modo, la izquierda, por lo que el señor apacible pensó que se trataba de un abismo femenino. Pero ocurrió después que el abismo se colocó delante, casi como para hacerle caer en su hueco, y él tuvo que detenerse. En realidad, no estaba seguro de que el abismo tuviese intenciones de absorberle y suprimirle, pero estaba claro que le gustaba infundirle una sensación de inseguridad y de amenaza inminente. El señor con buenos estudios había oído hablar de los Abismos Custodios que, en la antigüedad, acompañaban a los monjes del desierto, dándoles la doble sensación de ser escoltados y acosados. No sabía si los Abismos Custodios existían todavía; tal vez aquello era un ejemplo, ignoraba si tardío, o el primer indicio del renacimiento de los Abismos. Actuaba con precaución, pero al principio sin temor; comenzó a ponerse nervioso cuando el Abismo cruzó a su izquierda, le rozó luego los tobillos, se alejó bruscamente, se le echó de nuevo encima, parándose a un centímetro de sus pies. El señor estaba menos tranquilo, pero en él se había insinuado una cierta curiosidad. Fue así como se dirigió al Abismo, y le preguntó respetuosamente si le había enviado Dios. El Abismo pareció sorprendido de que se le dirigiese la palabra, y el señor tuvo la impresión de que se ruborizaba. Es posible, pensó el señor, que me haya comportado de manera incorrecta, pero puedo decir que toda la culpa es exclusivamente del Abismo; pensó que se trataba de un Abismo poco serio. Le preguntó, no sin una pizca de insolencia, si se habían conocido anteriormente, si tenían motivos para sentirse autorizados a una cierta intimidad. Después de una breve vacilación, el Abismo le indicó graciosamente que no. El señor avanzó entonces directamente hacia el Abismo, que retrocedió, se apartó, y se quedó mirando pensativamente al señor. El señor prosiguió su camino, y cuando se dio cuenta de que el Abismo había renunciado a seguirle, percibió un agudo y senil malestar.

Saturday, March 18, 2006

Un hilo de humo

Alguien tiene en el alma una hoguera, pero nadie se acerca nunca a calentarse.

Y los transeúntes no perciben más que un hilo de humo.

Friday, March 17, 2006

La Quina

LA historia de la quima me la contó mi abuelo. No es bueno - decía - ponerse a mirar el cielo durante mucho tiempo, porque puedes ver una quima, y ay de ti si eso sucede. ¿Y qué es una quima?, preguntaba yo. Pues un pájaro, pero más veloz. Como una paloma, pero más blanca. Tan blanca que te hiere los ojos y te hace verlo todo gris: la nieve, las nubes de verano, los rayos de luna, el alabastro, la piel de los muertos, el papel sobre el que escribo... hasta las sagradas formas (y aquí mi abuelo, que a pesar de ser ateo y comunista, se santiguaba), que Dios me perdone. Cuando ves una quima, ya no hay remedio: todo lo que miras después se vuelve gris.

Ya soy viejo y no creo en las quimas. Pero acabo de recordar algo.

Era una muchacha. Nunca supe su nombre. Tenía el pelo de color almibar. La vi por primera vez en la iglesia, durante una comunión. Tan embobado quedé al verla que un compañero decidió empujarme para que avanzara hacia el altar. Ella pertenecía a otro instituto, y después de la comunión se marchó. Yo no tardé en olvidarla.

La memoria de los viejos es rara. Desde hace tiempo me obsesiona esa pregunta que todos nos hacemos alguna vez: si he sido feliz, o lo soy, o puedo esperar serlo. He concluido que un matrimonio, un trabajo, unos hijos, una jubilación y una viudez apacible no me permiten quejarme: puede decirse que he sido razonablemente dichoso durante sesenta y nueve años de vida. Pero a saber por qué hoy, de improviso, mientras me afeitaba, me ha dado por acordarme de esa muchacha; de lo despacio que caminaba al ir a comulgar, con la cabeza erguida y la sonrisa pendiente del rostro como una fruta del árbol; de su vestido blanco, tan blanco que hería los ojos, y del susurro de la tela al moverse, como un suave batir de alas...

Tuesday, March 14, 2006

Hecho de menos tu cuerpo a mi lado

¿Cuánto tiempo hace muchachito de ojos tristes? Ayer recordé tu dulce cuerpo en mis manos, y ansié tenerte de nuevo entre mis brazos, sentir tu calor en mi cuerpo y los susurros de tu voz a mi lado. A dónde te has ido, a dónde te has marchado... que solo me has dejado.
Quisiera volver a ver tu pálido cuerpo bañándose a la luz de la luna, en un mar de olas enrizadas, de espuma blanca y frió tacto. Sentir como me desnudas con tu mirada de pícaro endiablado, con tu sonrisa de niño perverso, con tus besos, carne contra carne, todo físico, todo tacto.
Oler de nuevo tu cuello, tus manos, tu pecho, todo cuerpo salado, húmedo y mojado. Notar como tu lengua viaja otra vez por aquellos parajes hasta entonces nunca explorados, amar, follar al fin y al cabo, pasión, gula, lujuria desenfrenada. Los dos sabíamos que no había lugar en aquel acto, para el amor, sólo para sexo más desenfrenado, porque éramos dos cuerpos deseosos de contacto, de gozos y orgasmos.
Ayer soñé que tenía tu cuerpo a mi lado, ¿Dónde estás mi muchachito de ojos negros solitarios?

Saturday, March 11, 2006

Madrid aquella mañana




Mañana de réquiem en la ciudad de Madrid,
caras ensangrentadas,
al viento perdidos, gritos en un mar de truenos,
pesadilla al despertar en rojo y negro enmarcada.

Ira de dolor frustrada, vidas segadas de
odio y crueldad,
un pueblo desconsolado,
apagados millones de llantos en una tarde lluviosa,
fria y gris,
recuerdo de una mañana en rojo y negro.

Caminando por un mar ensangrentado, triste, apenado,
con el dolor cubierto de sangre, ahogado,
perdido y aun no encontrado
recordando,
llorando,
lagrimas de una España rota y destrozada,
balcones en negro, banderas en gris,
almas rotas,
ciudad herida muestra del pueblo masacrado.

Esperanzas dinamitadas,
vidas fusiladas, asesinadas,
arrancadas de la tierra,
flores marchitas en recuerdo de una mañana.
Mañana de réquiem en la ciudad de Madrid,
mañana de muerte en todo un país.

Friday, March 03, 2006

La caverna

“Imagínate una caverna subterránea, que dispone de una larga entrada para la luz a todo lo largo de ella, y figúrate unos hombres que se encuentran ahí ya desde la niñez, atados por los pies y el cuello, de tal modo que hayan de permanecer en la misma posición y mirando tan solo hacia delante, imposibilitados como están por las cadenas de volver la vista hacia atrás…”
Platón, República, 515


Imbécil, te crees libre y no sabes realmente que eres un esclavo más en esta cueva fría y oscura. Me da igual que pienses que no tengo razón, es imposible no te haya surgido en algún momento la duda, si, la duda, esa pregunta que una y otra vez martillea tu cabeza, yo sé la respuesta: ¡estás tan atado como yo a esta mentira creada que nos venden como la realidad!

Tú no existes, eres la creación, el pensamiento de un genio loco que juega constantemente con cada uno de nosotros, divirtiéndose al ver como pensamos que somos libres y que en todo momento decidimos nuestro futuro. El futuro no existe, el pasado no existe y el presente es demasiado duro para que quieras saber si realmente existe.

Ríndete y abandona esa estúpida lucha para abandonar la cueva, no tienes la fuerza ni la valentía para enfrentarte a tus miedos y pesadillas, y sin esa batalla, jamás podrás abandonar este plano de la realidad tan falso como una obra de teatro. Abandona, es más fácil y cómodo, créeme, aquí tienes todo lo que necesitas para seguir viviendo una vida falsa, pero una vida al fin y al cabo. Sigue buscando un trabajo, una chica que te ame, ten hijos que aumenten el número de esclavos, muere de viejo y decrépito, pero deja de intentar ser libre, debes escoger entre saber o ser feliz, y la ignorancia es una droga demasiado dulce para que la rechaces.

He visto a muchos como tú que se creen capaces de romper con lo terrenal, llenos de la suficiente locura en un principio como para dejar atrás todas las cosas superfluas y falsas, pero cuando comienzan a percibir lo dantesco del mundo exterior, sólo lloran y gimen que quieren volver, pero en ese momento es demasiado tarde, has tomado una decisión y algunas veces no es posible volver atrás. Fíjate en los otros, ves como viven felices en la mentira y el engaño, para qué quieres tu conocer más. Vuelve por donde has venido y no me sigas, allí afuera no está el paraíso, esta la realidad y no te va a gustar.

Ahora bien, si para ti nada tiene sentido, si todo está vacío de sentido y significado, si cada concepto aprendido no te aporta nada y en ti quema el fuego de crear algo propio, si tu alma es la del viajero que no soporta nada por hecho ni dicho, si ideas como familia, patria, amistad, amor, yo, tu, nosotros, ellos no te atan ni dicen nada, si crees que su verdadera esencia aun está por descubrir; entonces sigue adelante, sigue incluso aunque veas que yo no llego. Camina hacia delante siempre porque en ti está el alma del rebelde, del visionario y en la meta tendrás tu recompensa, pero piensa también que quizás las respuestas no te gusten.

Wednesday, March 01, 2006

En pocas palabras

O me aceptan como soy,
o me aceptan como soy.

Tuesday, February 28, 2006

Muerte a los débiles o de como Nietzsche nos hace libres

Schopenhauer nos condena a una voluntad de vivir, desde que nacemos somos individuos condenados a un error de nacimiento, la obligación de concentrar toda nuestra voluntad en vivir, de forma ciega e insulsa, aun a pesar de ser los únicos seres sobre la tierra que se saben mortales. Luchamos y batallamos en mil campos de enfrentamiento, como si la victoria representase la meta perseguida, escapar de la muerte, sin embargo, por muchas batallas ganadas, la muerte es inevitable, pero la voluntad de vivir nos conduce a sufrir, a reír, a seguir luchando sin fuerzas para evitar ese momento. Somos esclavos de nuestra voluntad de vivir. Y esa voluntad y ese destino final se convierte en la característica que nos hace iguales a todos, donde perdemos nuestro Yo intransferible.
Pero Schopenhauer era un débil, una voluntad totalmente dionisíaca donde su Yo se pierde en una masa de yos derrotados en el fondo, sin espíritu ni fortaleza que desprecian en todo momento lo importante de vivir: vivir en sí. Nietzsche considera a los cobardes, a los que no luchan y batallan, a los no fuertes y no poderosos, a los esclavos de sí mismos como los seres más repulsivos y degradantes de toda la humanidad, y el superhombre debería acabar con ellos pues eso es lo que están pidiendo y deseando: “O como la vida es un continuo camino de espinas, como soy incapaz de mantenerme de pie, debéis tenerme pena, sentiros compadecidos de mí”, dirá el pusilánime , contra él Nietzsche dice: Si quieres morir, muere.
Frente a la voluntad dionisiaca de la compasión y la autocompasión, debe promocionarse el alma de los señores, de los fuertes, los ganadores, la voluntad de los apolíneos, de los victoriosos y los deseosos de seguir viviendo simplemente por el placer de vivir. Aceptar la muerte, dejarse llevar a ella sin penas ni complejos, para así dejar tiempo en apreciar lo bello del mundo en todo momento hasta que llegue el morir. Pero ello sólo podrán hacerlo los hombres superiores. Los demás, los que se desilusionan, porque únicamente acarician la belleza por unos instantes pues en todo momento quieren morir, son unos nihilistas, sin fuerzas, sin vida.
Debemos cambiar la voluntad de vivir por una voluntad de poder, de fuerza para no permitir que nada ni nadie nos hunda, para evitar que los muertos en vida nos arrastren con ellos y nos conviertan en pobres de poder y fuerza; no puede el superhombre permitirse ser un esclavo de los sentimientos de la compasión, la pereza o el sufrimiento buscado, el verdadero dolor debe ser la vitamina de los visionarios, de aquellos capaces de saltar las barreras. Frente a la vitamina de los débiles, a saber, la pena y el sentimentalismo de la autocompasión, se impone la cruel crítica, incluso la muerte del débil, pues cualquier contacto con su forma de pensar, nos conduce de la cima a la base, del éxito, a la miseria más burda. El superhombre no cicatriza sus heridas, ni siquiera las tiene en cuenta, simplemente piensa en ellas como el recordatorio de lo débil que puede llegar a ser si en todo momento no dejar de moverse hacia delante, sin importar quién o qué se interponga en su camino.

Sunday, February 26, 2006

Esclavo a punto de ser libre

Podría decir tantas cosas, miles de palabras para explicarte lo que siento, pero todas serían inútiles. Podría escribir un maravilloso cuento donde relatarte lo especial que eres para mí, mi dulce niña, pero de nada servirían si tú no los lees.
Todo el trabajo y esfuerzo se resuelve con un simple “te quiero”, “te amo”, pero tu y yo sabemos la respuesta, así que para que intentarlo.
Tu imagen me destroza y desarma completamente, pierdo la concentración y sólo pienso en tenerte cerca, muy cerca, lo suficiente para que nadie escuche las cosas que quiero decirte, para sentir tu dulce piel y oler tus cabellos, pero los dos sabemos que eso es imposible. Me pides algo que no puedo darte y yo te pido algo que no puedes darme. Y mientras el tiempo pasa, cada vez que veo tus ojos, dagas afiladas se clavan en mi interior recordándome que por mucho que lo intente, no puedo olvidarte fácilmente, porque tu niña, me has calado muy hondo, y lo sabes.
No pienses que estoy triste o melancólico, contigo me puede más el orgullo y la impotencia de querer poseerte eternamente y no poder hacerlo, el pensar que juegas conmigo como una niña con un muñeco de trapo. Algún día se acabará y seré libre de tu hechizo, pero mientras, no dejes de hacer lo que quieras.

Saturday, February 18, 2006

Cinco: Filosofía de la locura

Ella, la locura, nos concede la verdadera libertad, pues no hace el loco lo que quiere y todos los demás, los “cuerdos”, ciegos ante el vuelo libre, nos conformamos y resignamos, apelando a su comportamiento expresando nuestra ira: ¡Déjalo, está loco!
No contienen la misma raíz la palabra cuerdo y cuerda, no es una cuerda un instrumento para atar, para acortar movimientos, ¿quién ha sido el malvado amo que ha decidido castigarnos atando nuestra voluntad a la cordura?
Es interesante comprobar los efectos beneficiosos de ver escritos los pensamientos que recorren nuestra mente, interesante y aterrador a la vez, pues cuando nuestros ojos leen lo que antes nuestro otro yo pensaba, la parte consciente de nosotros empieza a percatarse de lo difícil que es establecer una frontera entre la cordura y la locura.
¿Estoy acaso yo cuerdo? ¿Estoy acaso yo loco? ¿Estoy acaso? O simplemente soy un pensamiento momentáneo, al cual con el pasar del tiempo, olvidará una mente y jamás volveré a estar, ¿jamás? No lo sé, también cabe la posibilidad de que me convierta en un recuerdo, un simple recuerdo, pero ¿valoramos realmente los recuerdos como se merecen? Porque me hace gracia que los recuerdos sean re con cuerdos, escala musical con cordura; son los recuerdos melodías acaso de los momentos cuerdos de nuestra existencia.
Sin embargo, ¿hasta qué punto nuestros recuerdos son momentos verdaderos de nuestra existencia conservados en su originalidad?, como toda partitura musical, y los recuerdos lo son, existen multitud de posibles acordes; acordes de acuerdo con nuestra cordura, existen otros por nuestra necesidad de recordar acordes que nos permitan la felicidad...
¡Oye tu! ¡Sí, tú!, el que está escribiendo esto, dime: ¿Estoy acaso cuerdo? ¿Estoy acaso loco? ¡Deja de escribir y dame una respuesta, date una respuesta!... ¿Tienes una respuesta?

Wednesday, February 15, 2006

Gente

Con los bártulos bajo el brazo, dispuesto a estudiar como un poseso en la Biblioteca Provincial, se presentaba una pequeña caminata por las calles San Andrés, Los Cantones y sobre todo la Calle Real. Bajando las escaleras, la cabeza daba vueltas a como poder cambiar el estilo, que en los últimos días, había protagonizado todos los mensajes de mi blog. Ignorando las pequeñas gotas de agua que amenazaban en convertirse en aguacero, empecé el trayecto.
De repente, cuando había dejado atrás el caos circulatorio de San Andrés, la Plaza del Obelisco de los Cantones y estaba a punto de comenzar la peatonal y pomposa Calle Real, una idea surgió de la nada, por qué no fijarse en la gente. Si, en esas cosas que circulan a nuestro lado, por todas direcciones, a los cuales nunca prestamos atención, no más de la debida para evitar accidentes. El mundo que se descubrió ante mí fue realmente increíble.
Me sentía como un cámara de documentales de animales internándose en una fauna desconocida y misteriosa. Con asombro vi señoras con abrigos de pieles enormes que les impedían caminar cómodamente, adolescentes con los pantalones por debajo de sus nalgas enseñando su ropa interior, madres empujando con sobreesfuerzo y cariño infinito los carritos de sus bebes, algunos de éstos despiertos con los ojos muy abiertos mirando el mundo que se les ponía delante, los otros durmiendo indiferentes al ajetreo mundano. Y así decenas de personas, cada una diferente de las otras.
Mientras seguía en esta labor de mirón social, empecé a oír la música de un acordeón, cada vez más cerca a medida que avanzaba en pasos, hasta que me topé con el responsable de aquella melodía.
Era un hombre de mediana edad, posiblemente un inmigrante latinoamericano, vestía unas ropas no sucias ni viejas, pero si desgastadas por el uso cotidiano. Unos simples pantalones de tela marrón, un jersey azul y una camisa a cuadros, todo ello coronado con un gorro de color azul también. Sus dedos se deslizaban rápidamente por el acordeón, casi imperceptibles a mi vista. Gracias a ello, una dulce y suave melodía podía escucharse y disfrutarse, sin embargo, pude comprobar que nadie más que yo parecía dar importancia o valorar como se merecía la pieza que tocaba con maestría, nuestro desconocido músico. La gente, esos seres a los que antes miraba con atención, pasaban por delante, por detrás, por todos los lados imaginables y posibles y ninguno se detenía un segundo para deleitarse de esa magnifica sinfonía. Él, sin embargo, impertérrito, inexpugnable en su sentimiento y afición, seguía tocando como si delante tuviese un auditorio entregado a su habilidad musical.
Pude comprobar también, que delante de sus zapatillas blancas casi desgastadas, tenía una pequeña cestita de paja con un pañuelo blanco dentro, donde unas pocas monedas daban la sensación de ser personas perdidas en un desierto hostil y desconocido. Bonita metáfora. Entonces, no sé por qué, surgió de mi interior la necesidad de darle una moneda a ese músico callejero, no por pena, no por su buena melodía, que sin duda lo era, sino porque al igual que él, yo era una moneda más en un blanco pañuelo, sola y perdida. Y lo peor de todo, cada una de las personas que ignorantemente pasaban por delante suya, eran también monedas perdidas, con prisa, con preocupaciones, con problemas, con poco tiempo para detenerse un momento y dejarse llevar por la música de un acordeón y su melodía.

Tuesday, February 14, 2006

Dime....

Gracias al escritor del rincón por haberme inspirado.

El tiempo quema mujer, mientras espero de tus labios las palabras que lo consuman. Dentro, muy profundo en mi alma, poco a poco, se instala la impaciencia y la desesperación del que te ama en secreto pero no puede decirte lo que siente. ¿Cobarde? No, simplemente un animal herido demasiadas veces que, conscientemente, esconde aquello que puede hacerle daño, no, no lo llames cobardía, es instinto de supervivencia.

Necesito de ti una señal, soy marinero que en su barco ansioso urge de encontrar la luz de un faro para no estrellarse en las peligrosas rocas de la costa, dame tu esa luz, no permitas que me hunda más y más en la oscuridad del océano del cual quiero salir de una vez. He visto demasiadas veces el fondo del mar para desear volver, sácame a la superficie y dime con esos labios las palabras que deseo oír.

Escondido en mi rincón, barrido por la multitud que me rodea y me ignora, soy como el vagabundo que pasea lentamente por los arrabales de tu vida, ansioso de que me encuentres algún día. Espero con mi cuerpo agazapado, pero con mi corazón abierto; que no te confunda mi aspecto, sólo es una máscara para poder vivir, que no te asuste mi forma de ser, soy un perro defendiéndome en una jauría que no perdona. Ojalá tú me desvistas de este falso disfraz y veas mi cuerpo tal cual, totalmente desnudo, no sabes como lo desea toda mi piel.

Sería tan feliz con un sí, con una simple mirada, con un roce de tu mano en mi cara, sería…

Dime que me quieres cuando menos me lo espere porque será cuando más lo necesite.

Sunday, February 12, 2006

Melancolía es...

Cada vez que veo tu fotografía
descubro algo nuevo
que antes no veía
y me hace sentir lo que nunca creí.
Siempre te he mirado indiferente,
eras tan solo un amigo
y de repente lo eres todo, todo para mí,
mi principio y mi fín.
Mi norte y mi guía, mi perdición,
mi acierto y mi suerte, mi equivocación,
eres mi muerte y mi resurrección,
eres mi aliento y mi agonía
de noche y de día,
te lo pido por favor,
que me des tu compañía
de noche y de día... lo eres todo.
Dame tu alegría, tu buen humor,
dame tu melancolía,
tu pena y dolor,
dame tu aroma, dame tu sabor
dame tu mundo interior,
dame tu sonrisa y tu calor,
dame la muerte y la vida,
tu frío y tu ardor,
dame tu calma, dame tu furor,
dame tu oculto rencor.
Luz Casal, Lo eres todo

Al atardecer de una tarde de otoño, los rayos de sol, mientras se despiden, bañan la piel de las montañas y llenan de ocres luces, el valle que cubierto de oro que observo.
Mientras anotó mis sentimientos en este pequeño cuaderno, una imagen viene a mí. Es una sonrisa amable e inocente, unos ojos que brillan y llenan con un poco de luz la oscuridad de mis recuerdos.
Mi interior es como este ocre paisaje que miro, lleno de hojas muertas de color marrón, esparcidas por la tierra sin sentido ni son, al igual que deambulo por mi vida sin guión. Un cielo anaranjado y azul, un sangriento y rojo sol, una brisa lejana y fría, avisos de un invierno que llega.
No estoy triste, la tristeza es pesar, es pena, no, yo no estoy triste. La melancolía es mi sentir, la melancolía es el otoño que recuerda, mientras las hojas caen por mi cara, el color de la primavera, el calor del verano, los juegos y las risas que junto a ti tuve, antes de este otoño, casi blanco invierno. Añoro tu cuerpo, tus manos, tus ojos, deseo sentir de nuevo tus labios descubriendo rincones escondidos en mi cuerpo, ese pelo cayendo suavemente por mi mano mientras acaricio tu dulce mejilla.
Ahora que no estás, yo no sé que hacer. No quiero llorar pero tampoco quiero reír, la sonrisa ya no suena igual si no están tus carcajadas aquí.
Melancolía es el recuerdo de un@ chic@ que no está y no sé cuando volverá…

Sunday, February 05, 2006

Cartas

Devenir de una tarde de invierno, melancolía del solitario tranquilo observando el vacío deseando aquello que no tiene. Saca una hoja y comienza a escribir una carta. Vuelca, mejor dicho, muestra en ella todo lo que no es capaz de enseñar delante de ella.
Le cuenta como la quiere, como la desea, como en cada momento que la ve el juego consiste en buscar sus bellos y negros ojos, en intentar en todo instante ver su sonrisa, sus manos, su cuerpo.
Se confiesa completamente desnudo de cuerpo y alma, no le oculta nada, en cada palabra, en cada frase, sentimientos y sensaciones se mezclan y entremezclan, para decirle que la quiere, que la ama.
“Recuerdas” le dice, “cuando en la fuente, bajo un manto de estrellas te pedí de salir. Yo no podré olvidarlo nunca, fue la única vez que tus ojos me miraron únicamente a mi, la única vez que me sentí lleno y en paz, tampoco olvido tu respuesta dudosa y poco clara.” Esa noche, piensa, un niño lloró por dentro mientras un hombre aguantaba el dolor.
“Tu respuesta fue que no, que no me enfadara contigo, pero que no te gustaba como para salir. Yo seguía llorando, aunque tu no te percatases.” Le sigue contando como ella le dijo que realmente amaba a su mejor amigo. Él jamás olvidará el momento que con un dolor en el pecho, le prometió que haría todo lo posible para que él se fijase en ella. Intento vano de hacerla feliz haciéndose daño.
Rechazado, simple y llanamente rechazado. Desde entonces, escribe cartas para no ser leídas, cartas que guarda en un cajón, cartas que jamás traerán consigo una respuesta, porque desde entonces, sabe que las respuestas no suelen ser algo bueno.

Saturday, February 04, 2006

Vivaaaaaaaaaaaaaa, hoy he tenido un mal día

Hay días que uno sabe que no van a ser buenos. Es levantarse de la cama y una extraña sensación te recorre el espinazo a modo de aviso: chaval, prepárate porque hoy vas a saber lo que es bueno cabrón. Intentas ignorar esa sensación, pero es imposible, eres consciente de que a partir de ese momento, por mucho que lo escondas, hoy van a joderte de lo lindo y no puedes hacer nada por correr o huir de ello.
El primer golpe lo recibes en la barbilla, con toda la dureza y sin aspavientos, aturdido intentas recuperarte, sabes que sólo es el comienzo, pero la cosa empieza a doler. Con una sonrisa por no llorar te dices, y eso que aún es por la mañana.
El segundo va directo al hígado, te deja seco, sin aire en los pulmones y con pocas ganas de juerga, pero amigo, nadie dijo que fuese fácil, el teléfono suena y de repente el enfermo debe convertirse en médico ocultando su enfermedad. Hora y media de farsa y teatro intentado no venirte abajo, un regalo maravilloso para ir terminando un gran día.
El tercero, directo al estomago, sutil y certero, rápido y sin prolegómenos para que no te olvides de que esto no es bambi, la vida no es de caramelo. Genial piensas, y eso que ni siquiera buscaba lamerme las heridas sino aguantarlas impertérrito.
¿No es maravilloso tener días así para recordarte lo cabrón y desternillante que puede llegar a ser el destino? Hay días que uno no sabe que van a ser buenos…

Sunday, January 29, 2006

El lector de Proust

Llevaba más de diez minutos esperando y estaba harto. Encima de una mesa de mármol con motas blancas y negras, su café con leche estaba ya frío y del trozo de bizcocho que había pedido para acompañar sólo quedaban pequeños restos, a modo de diminutas pruebas del delito cometido. Con ansiedad miraba una y otra vez el móvil esperando alguna noticia de ellos, cualquier excusa hubiese valido.
Mientras el cabreo aumentaba, no dejaba de dar miradas a todo el local, sobre todo a la puerta, deseando que se abriera de una vez y la espera acabase. Por desgracia, la puerta cuando se abría sólo traía más clientes desconocidos al local.
Tras la barra, las camareras se afanaban en atender los pedidos, en las mesas la gente tomaba café, refrescos o cualquier cosa, leyendo el periódico o charlando distendidamente, ignorantes al fatal suceso que, en una esquina, una pobre alma estaba sufriendo por la amargura de la espera.
De golpe, en una de sus inquisitivas miradas a todo lo que le rodeaba se encontró, no muy lejos de donde se sentaba, a un chico joven que estaba leyendo absorto y totalmente desconectado del ruido que le inundaba. En su mesa sólo había una taza de café y una botella de agua, amén del libro que con tanto interés leída; de pronto, el joven levantó su mirada y dirigió sus ojos hacia él. Sorprendido, agachó la cabeza avergonzado de haber sido descubierto mirándole. Sin embargo, no duró mucho esa extraña sensación de timidez, levantando su vista de la mesa de mármol, volvió a dirigir su mirada hacia el joven lector, que esperando, aún no había quitado su vista de él.
Descubrió unos ojos negros intensos que le fascinaron, profundos y oscuros como una noche de invierno sin luna ni estrellas. Tenía el pelo largo y poco arreglado, barba y una sonrisa maliciosa en la cara. Tomando el vaso de agua, se lo acerco a sus labios y bebió despacio, como intentando provocar al culpable de haberlo sacado de su lectura.
Al instante, un escalofrío recorrió el cuerpo del impaciente que ya no desesperaba por la tardanza de sus amigos. Ahora lo que deseaba era quedarse sólo y durante mucho tiempo con esos ojos negros que al mirarlo lo taladraban hasta muy dentro, como en un intento de desnudar completamente su alma y su cuerpo. Empezó a sudar y a ruborizarse, pocas veces había tendido aquella sensación y menos con un chico.
Mientras miles de pensamientos recorrían su mente, se percató de que su turbador lector se había levantado y se dirigía a la barra con dinero en la mano. Ya no le miraba y aun así podía sentir esos ojos clavándose dentro suya. Antes de salir por la puerta, se dio la vuelta y le guiño un ojo a la vez que le mostraba la portada del libro que estaba leyendo: “En busca del tiempo perdido” de Marcel Proust y al momento le vino una frase del autor a la cabeza: “el deseo nos fuerza a amar lo que nos hará sufrir.”

Friday, January 27, 2006

¿Por qué?

El País: Muerto un joven en EE.UU. por sus compañeros de instituto, los cuales le habían amenazado varias veces por ser homosexual.

Dedicado a todos aquellos que sufren por ser y sentirse diferentes al resto del mundo.

Se llamaba Marco, John, Diego, David o incluso como tú, tenía 17 años y por ser gay lo encadenaron, colgaron a un árbol y después de vejarlo e insultarlo de todas las formas posibles, le pegaron una paliza que le dejó inconsciente y más tarde una parada cardio-pulmonar por los golpes le mató.

Salía del colegio, estaba feliz porque dentro de poco terminaría el instituto e iría a la Universidad a estudiar Medicina. Su amiga acaba de confesarle que tenía novio, después de estar un buen rato en la cafetería con ella, decidió que era momento de ir a ver a su pareja. Mientras dejaba atrás el olor a café y bollería, subiendo las escaleras que daban a la calle, empezó a recordar momentos del pasado. Lo difícil que había sido reconocer primero su homosexualidad y más tarde, haber reunido el valor suficiente para no ocultarlo y vivir orgulloso de su naturaleza frente a los demás. Al contrario de lo que podamos pensar, en su casa sus padres no entraron en cólera o una frustración estúpida cuando les dijo que era homosexual, al contrario, le abrazaron y le dieron valor para no tener miedo de nada ni de nadie por ser como era. En su instituto todo el mundo sabía que era gay, no solía tener problemas de aceptación a excepto de las bromas típicas de los de siempre. La policía confirma que antes de salir por las puertas amarillas del instituto y dirigirse a la entrada donde siete compañeros le estaban esperando, había llamado a su novio para recordarle que iba a recogerlo.

El primer golpe fue directo a la cabeza y le hizo perder casi el conocimiento, aturdido por el dolor, cayó al suelo de rodillas mientras notaba que le ataban, esposaban, insultaban y le daban patadas y puñetazos. Escuchaba gritos y voces de todo tipo, gente asustada corriendo, voces de auxilio, pero todo pasó muy rápido y lo metieron en un coche que arrancó con rapidez.

En un descampado después de haber salido de la ciudad, le colgaron de un árbol y allí comenzó lo peor. Perdió el conocimiento después de que le pegaran en los pulmones con un bate de béisbol.

La policía le encontró después de que uno de sus asesinos no aguantará su culpabilidad y confesará todo lo ocurrido. Allí, frente al árbol, su madre lloraba tendida sobre el hombro de su padre, el cual estaba perdido en un mundo que ya no reconocía, demasiado atónito y triste incluso para llorar. Su amiga se enteró por las noticias, dejó caer al suelo su móvil mientras no era capaz de creer lo que estaba viendo por la televisión. Su novio que llevaba varias horas enfadado esperando por él, corrió todo lo que pudo al hospital, cuando llegó había ya muerto.

Los asesinos fueron inculpados de homicidio involuntario, el juez alegó que fue una broma que se les había ido de las manos, además eran menores de edad y únicamente pasarían un año en el reformatorio para menores y luego otro año más en servicios a la comunidad. El juez era conservador republicano, conocido por su aversión a los homosexuales, a los cuales describía como aberraciones de la naturaleza.

Una pregunta sigue aun hoy martilleando la cabeza de su madre: ¿Por qué?

Wednesday, January 25, 2006

Cuatro: escupitajos de mi mente a reflexiones sin sentido

En el frío de la noche, al lado de una tele, comienzo unas líneas que desconozco como terminarán, más aun, ignoro siquiera sobre lo que dirán o comunicarán. Quizás a medida que tecleo las palabras que surjan nos llevarán a mundos desconocidos, a futuros imposibles, a misterios ocultos o amores crueles. ¿Quién sabe?
Dicen que cada uno de nosotros pone pequeñas partículas de arena, de la playa de nuestra vida, en lo que escribe y que sólo aquellos que son capaces de leerlas entrelíneas, disfrutan del placer perverso del mirón que acaba de descubrir algo que debería permanecer oculto. ¿Quién sabe?
Durante un tiempo buscaba amigos perfectos, de esos que nunca te hacen llorar o sufrir, aquellos que hacen sentirte la imposible sensación de estar acompañado y no estar nunca perdido. Más tarde, en el rincón barrido de mi existencia, entre polvo y telas de araña, descubrí que el que busca amigos perfectos se queda sin amigos. El egoísmo por no hacernos daño nos lleva a la búsqueda de personas que no existen, y a aquellas que acabamos conociendo, terminamos por imponerles las virtudes que estábamos buscando, en vez de aceptar sus defectos para que ellos acepten los nuestros. Aceptémonos primero, ya habrá tiempo luego para mostrar nuestros talentos.

Sunday, January 22, 2006

Soledad

Le fui a quitar el hilo rojo que tenía sobre el hombro, como una culebrita. Sonrió y puso la mano para recogerlo de la mía. “Muchas gracias”, me dijo, “muy amable, ¿de donde es usted?”. Y comenzamos una conversación entretenida, llena de vericuetos y anécdotas exóticas, porque los dos habíamos viajado y sufrido mucho. Me despedí al rato, prometiendo saludarle la próxima vez que le viera, y si se terciaba tomarnos un café mientras continuábamos charlando.

No sé qué me movió a volver la cabeza, tan sólo unos pasos más allá. Se estaba colocando de nuevo, cuidadosamente, el hilo rojo sobre el hombro, sin duda para intentar capturar otra víctima que llenara durante unos minutos el amplio pozo de su soledad.

Sunday, January 15, 2006

Tres

Al ver sus ojos, una llave gira entre mis tendones, me retuerce el alma, la envuelve sobre hierros oxidados, arranca de raíz las sonrisas. Para no sufrir más, me arranqué mis ojos, así no volvería a ver más los suyos.
Al oír su voz, la tristeza llega en puntas de pie, pide permiso y pasa, abre las ventanas y silba, para que otras penas lleguen y armen su fiesta de llantos. Arranqué de cuajo mis orejas para no escuchar más promesas y mentiras.
Al oler su cuerpo, se rajan de nuevo las fisuras separadas de mi sangre de mármol, se bajan, lentos ... los parpados de la esperanza. Quemé ni nariz para no volver a recordar su perfume carnal.
Muerto de sentidos y sentimientos, note que mi corazón seguía latiendo, pues en la memoria a pesar del tiempo y la distancia, ella aún estaba allí. ¿Qué voy hacer yo, si no puedo olvidarla y sin embargo, no puedo amarla?

Wednesday, January 11, 2006

Dos

Un día cualquiera, partimos hacia un lugar desconocido y dejamos atrás lo rutinario, lo cotidiano, lo conocido y lo previsible. De golpe, sin avisar, en el yermo desolado nos enfrentamos a lo misterioso y lo incognoscible. Nuestras mentes empiezan a recurrir a imágenes pasadas para no caer en la locura interna del miedo y la inquietud, miles de dudas y preguntas nos asaltan, incluso parece que toda nuestra valentía era una máscara carnavalesca inútil a la hora de afrontar la verdad. Despertamos del largo sueño de la adolescencia y delante tenemos la realidad, abandonamos nuestro paraíso pasado y como triste adulto caminamos por desiertos secos y calurosos.
Insignificante hormiga dentro del hormiguero, ignorado por todos y conocido por nadie, así se nos muestra el presente que bebemos igual que un borracho toma el licor que lo está embotando. Esclavos de emociones y sentimientos, yonkis de relaciones, parásitos de parásitos que se aprovechan de nosotros al igual que nosotros los aprovechamos porque, este circo tétrico, los payasos no hacen reír y los niños lloran sin que nadie los consuele.
¿Recuerdos alegres?, falsas esperanzas de realidades que jamás volverán a ser iguales, imágenes de mentiras piadosas dichas para consumar la gran mentira de soportarnos mutuamente, fingidos sentimientos para hacernos felices como estúpidos y evitar que nos matemos los unos a los otros. ¿Nuestros amigos?, muertos el día que el destino decidió vomitarnos en otro lugar. El egoísmo de la posesión no entiende de distancias, como seres primitivos necesitamos tocarnos, oler nuestros putrefactos cuerpos, porque sin ello nuestras mentiras de promesas futuras no funcionan. Olvidémonos de ellos porque así lo han hecho ellos, quiénes somos para pensar que somos tan importantes como para que rompamos su rutina y cotidianeidad.
Uno... Dos… Tres... No sabemos a donde queremos llegar pero quizá nos quedemos un rato para comprobarlo, la valentía para el suicidio la dejamos junto nuestra felicidad, lejos del estercolero en el cual estamos ahora. Somos tan incautos que pensamos que algún día podremos regresar, pero, ¿a dónde?

Tuesday, December 27, 2005

Uno

Supongamos que, en un determinado momento, una persona que está escribiendo una carta a otra persona –el sexo o los sexos son irrelevantes – tiene la sospecha, o tal vez simplemente descubre, que está ligeramente bebida. No, no se trata de la embriaguez molesta, ruidosa y repugnante –entre otras cosas por el hecho de que la embriaguez, hipérbole de la existencia, pone al descubierto (se decía en las redacciones) su intrínseca repelencia.

El escribiente, afectado por la revelación de su propia ebriedad, podría simplemente abstenerse de seguir escribiendo. La turbia lucidez de la ebriedad le podría sugerir abstenerse de proseguir la comunicación. Pero, si se abstuviera de seguir escribiendo, daría una interpretación razonable de la irracionalidad típica de la ebriedad; así que sólo podría descender de su trono de escribiente en el caso de que se reconociera a sí mismo como sobrio, interpretación, máscara, falsario de sí mismo ebrio. Pero, a partir del momento en que se ha dado cuenta, o ha creído ser consciente de haberse dado cuenta, de la propia ebriedad, no se propone, no quiere, no tolera renunciar a ella. Y, por lo tanto, de ahora en adelante, su ebriedad será voluntaria, una opción no necesaria, si bien fuertemente aconsejada por la somnolencia, por la irritación moral, por el malestar y el bienestar extrañamente unidos, que en su conjunto considera síntomas de ebriedad. De modo que seguirá escribiendo. Pero ¿deberá escribir de manera especialmente escrupulosa, o, al contrario, de modo inocente, impreciso, propicio al error? Se niega a tomar precauciones, porque sabe, desde siempre, que la cautela tiende al silencio, no ya, por otra parte, al silencio de la abstención, sino a la horrible y brutal abstención de la mordaza. Por otra parte, no le repugna menos la inocencia, en especial la inocencia obtenida con la complicidad de una copa de jugo fermentado. Pero, apenas ha acabado de escribir estas palabras, o de pensarlas, no puede dejar de preguntarse qué otro tipo de inocencia ha existido jamás, si no es ésta, algo tóxica y atolondrada. Así, pues, debe juzgar la inocencia, su propia inocencia. ¿No existe ningún compromiso entre la cobardía de esta inocencia y la dignidad de la mentira? “Querido”, escribe, “si todo es impúdico, excepto la impudicia, ¿no tendrá acaso que perseguir la paz inocente la impudicia?”. Pero las palabras le desafían, y está furioso.

Thursday, December 22, 2005

Jerusalem: ciudad eterna

Hace calor, mucho calor, todo mi cuerpo está bañado por un mar de sudor cuyas gotas se precipitan contra el suelo desde mi frente. Las llamas del sol queman el cielo, dándole un color rojo que parece que el diablo por fin ha regresado a casa, la arena del desierto quema como las brasas en las noches de San Juan y el agua de nuestras cantimploras se evapora como los lo hacen los riachuelos cuando llega el verano.
Todos éramos conscientes al principio que no iba a ser una tarea fácil, ningún trabajo en nombre de Dios lo es, el espíritu de sacrificio es una parte muy importante para los caballeros del Todopoderoso, por Él y por su Gloria atravesamos el desierto para liberar Jerusalén, su ciudad, su pueblo. Sus hijos no podemos permitir que los infieles profanen con sus ritos y su falso dios la Tierra Santa. El diablo en su lucha eterna contra Dios usa sus sucios trucos para convencer a los hombres pobres en Fe que él es el verdadero dios, se hace llamar Ala u Odin, promete oro para todos y prosperidad para el pueblo que lo adore, pero da igual cuantas máscaras y disfraces utilice en maligno, los Cruzados están para luchar contra él y sus tropas infernales.

Tres mil hombres oímos la llamada del Señor, hombres humildes, agricultores, herreros, carpinteros, cazadores, condes, duques, reyes, todos escuchamos el mensaje de Dios, todos movidos por su fe, llegamos a la conclusión de que había llegado el momento de luchar. De esas tres mil almas piadosas, solo quedamos mil quinientas, el calor, los bandidos, los peligros del desierto junto con la desilusión, la desesperanza, las deserciones y demás debilidades del alma humana acabaron el trabajo que el desierto empezó
Yo sigo adelante, no tengo nada que perder, ni familia ni amigos ni tengo miedo a morir, mi única meta es alcanzar el perdón del señor, volver a estar en gracia con él, recuperar lo que un día perdí.

-Venga soldados, un poco más y haremos un descanso de veinte minutos, también tendréis derecho a vuestra ración de comida y agua fresca.
Llevo seis semanas escuchando lo mismo, al principio odiaba oír todos los atardeceres lo mismo, luego entendí que mientras las escuchase, seguía vivo.

Detenemos la marcha, los hombres respiran aliviados, un día más que llega a su fin en este infierno, cada uno de ellos sabe que es una pequeña victoria dentro de esta inacabable lucha contra el desierto.

El suboficial de turno ordena que se monten las tiendas de los oficiales, los soldados por supuesto duermen al aire libre, indica también el orden y número de guardias que se deben cumplir hasta el alba, momento en el cual, volveremos a empezar de nuevo la lucha contra este infierno instalado en la tierra.
He tenido suerte, podré dormir toda la noche, esta vez no tengo que hacer guardia y después de un trozo de pan duro, un poco de requesón y un vaso de agua, se da la orden de ir a dormir a la tropa.

Tumbado boca arriba, observo el cielo estrellado, una ligera brisa recorre el campamento, las hogueras bailan al son que marca el viento. Es en estos momentos cuando uno empieza a pensar, a reflexionar si merece la pena; es durante la noche cuando se producen más deserciones, castigadas con la muerte por traición a Dios, y si los soldados de guardia no logran acabar con los traidores, lo hará el desierto, como ocurrió con el grupo de Ortiz, consiguieron escapar sin llamar la atención de los guardas, pero días más tarde encontramos sus cuerpos deshidratados y abrasados por el calor, el capellán de la compañía se negó a enterrarlos bajo tierra, como dicen que deben ser enterrados los cristianos, castigándolos por el gran pecado de traicionar la misión de Dios, como muestra de escarmiento al resto de la tropa; pero no sirvió de nada.

Creo haber dormido unas cinco horas, me desperté por que una conversación lejana perturbó mis sueños, intenté dormir de nuevo pero fui incapaz, decidí entonces acompañar al grupo de compañeros que tampoco era capaz de conciliar el sueño esa noche, al acercarme me quedé petrificado por la imagen que mis ojos estaban observando, pero mi cerebro se negaba a ver; el grupo de Ortiz, todos y cada unos de los que desertaron con él estaban hablando con tres compañeros más, es como si estuviesen intentando convencerlos de algo, les contaban algo sobre una fortaleza a unos kilómetros de aquí, un hombre piadoso y amable que por unas cuantas monedas de oro enviaba de vuelta a casa a todos aquellos que quisieran regresar. Mis compañeros accedieron al fin, prepararon un pequeño equipaje con lo necesario y empezaron a seguir a Ortiz y sus hombres, no sé que maldita razón, motivo o causa me condujo a seguirlos, pero recogí mis cosas y marche detrás de ellos, sin saber lo que me esperaba. Hay decisiones que cuando uno las toma, sabe perfectamente que se está condenando.

Saturday, December 17, 2005

Despedida



Entre mi amor y yo han de levantarse
trescientas noches como trescientas paredes
y el mar será una magia entre nosotros.

No habrá sino recuerdos.
Oh tardes merecidas por la pena,
noches esperanzadas de mirarte,
campos de mi camino, firmamento
que estoy viendo y perdiendo...
Definitiva como un mármol
entristecerá tu ausencia otras tardes.

Jorgue Luis Borges

Un café en las terrazas de París

El olor a te y café inundaba la terraza ese día, lo recuerdo tan claramente como si estuviese ocurriendo ahora mismo, sin embargo, hace ya muchos años que no tomo café en las preciosas mesas ajardinadas de París. Y si esos olores son inolvidables, más aún lo es el colorido de la luz en esas tardes pardas y ocres de otoño, cuando todo se bañaba e inundaba de marrones, amarrillos y rojizos pálidos. Las mujeres se cubrían sus desnudas espaldas al levantar de una brisa que traía en su frío tacto, el mensaje del futuro inverno, mientras los hombres bebían y fumaban, hablando de todo y de nada, levantando la voz por encima de los claros y vitales gritos de unos chiquillos enfrascados en sus juegos más serios.

Y entre todos ellos, yo disfrutaba del paisaje como un parásito ávido de sosiego y tranquilidad, necesitado de huir de un pasado que se negaba a abandonarme y no paraba de atosigarme constantemente. Necesitaba oír las risas porque hacía tiempo que no reía, los besos de los pasionales amantes porque las mujeres habían dejado de quererme hartas de mentiras siempre cumplidas y promesas nunca realizadas, de la conversación con los amigos porque al traidor y al espía nada le queda que compartir y mucho menos que confiar.

Yo no decidí mi destino, él lo hizo por mí, y a pesar de que muchos dicen que uno es dueño de sus actos y por ende de su futuro, no tuve elección cuando la mentira pasó a ser el centro de mi existencia.

Era una de esas tardes de otoño, las que siempre intento recordar, a las que constantemente intento volver cuando Armand se acercó a mi mesa y me pidió fuego. Atendí amablemente su petición y lo hubiese hecho igual aunque no fuese esa mi verdadera intención, pues había algo en él que impedía toda resistencia a sus deseos. Una vez encendido su puro, me pidió que aceptase una invitación por la amabilidad demostrada, acepté con la condición de que no tomase el café yo solo. Riéndose de una forma extraña, como si ya esperarse esa respuesta y fuese dueño de un secreto, aceptó y se sentó.

Me contó que era hijo de un noble francés y se vanagloriaba de poder retroceder hasta tiempos inmemoriales su apellido familiar. Sus antepasados habían sido desde temibles cruzados hasta nobles respetables en la corte del Rey Sol. Yo le hablé de mi mujer y mis hijas, Carla y Sonia, las dos únicas joyas que poseía, y que me encontraba en París por viaje de negocios, pues era galerista y marchante de arte. Me confesó que tenía una especial fascinación por el impresionismo francés, pues consideraba que ningún otro movimiento pictórico había conseguido atrapar la magia de la luz como los impresionistas, y que para alguien que llevaba tanto tiempo en la oscuridad, era lo más bello que podía encontrar. Este último comentario me sorprendió, pero pensé que posiblemente estuviese hablando de forma metafórica.

La noche nos atrapó conversando sobre diversos temas, aunque él se interesase mayormente por mi vida familiar, yo quería evitar el tema, pero algo raro me impedía hacerlo, extrañamente, tenía un sentimiento de confianza es ese hombre recién conocido.

Avanzada ya la noche y después de haber insistido en invitarme a cenar, me disculpé pues debía retirarme a descansar a mi hotel, pues al día siguiente debía entrevistarme con los marchantes franceses, y era un trabajo tedioso y bastante cansado. Curiosamente su hotel quedaba un par de calles más arriba que el mío, por lo cual, fuimos todo el camino juntos.

Al llegar a la entrada principal del hotel, algo me impulso a recompensar la amabilidad de mi extraño amigo y recordé que había traído un cuadro de Monet para encontrar un comprador en París, le invité a verlo como gratitud por la compañía y la cena. Acepto cortésmente y en ese momento, un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, el invierno estaba cada vez más cerca y eso se notaba.

En la habitación saqué el cuadro que se encontraba en la caja fuerte, quité las protecciones y se lo pasé, lo cogió con una dulzura exquisita y mirándolo fijamente me confesó que era realmente bello, que incluso estaría dispuesto a adquirirlo si el precio no alcanzaba unas cifras muy altas.

Decidí servir unas copas, pero cuando intenté interrogarle que deseaba, de pronto algo nublo todos mis sentidos, sentía que no era dueño de mi cuerpo y mi mente, y únicamente deseaba mirar los ojos de mi extraño amigo, que con una sonrisa diabólica se acercaba hacia mí con las pupilas ensangrentadas. Al momento, noto unos dientes clavándose en mi cuello, no hubo dolor, al contrario, un desconocido placer me recorrió entero mientras notaba como mi vida se escapaba poco a poco.

Armand paró de desangrarme y me preguntó si deseaba vivir tanto como para saber apreciar de verdad la belleza de un cuadro impresionista, le dije que no balbuceando, pero el pensar en el dolor que mi muerte causaría a mi mujer y mis hijas me hizo reflexionar y aceptar el beso eterno. Fue así como me convertí en vampiro, sin sospechar que independientemente de la opción que hubiese escogido, para mi familia yo estaría muerto de todas formas.

Ahora llevo más de un siglo recordando el olor a café y té de esa tarde de otoño y no paro de pensar que habrá sido de mis joyas. En cuanto a Armand, pasé con él los primeros años, pero luego se aburrió de mi presencia y me dejó, abandonado y sólo, sin dinero, vagabundeé por toda Europa hasta que volví a París. Lo hice para intentar volver a vivir, en un intento de falsa esperanza, sin embargo, lo único que logré fue recuperar el cuadro de Monet, a pesar de la resistencia inútil que opuso el galerista.

Thursday, December 08, 2005

A un joven colega, por lo que sufrió y consiguió vencer a fuerza de tesón y voluntad. Un día tendrás los ojos que tanto andas buscando...

Llega a casa asustado, otro día más sus pequeños ojos brillan en una mezcla de curiosidad, desconfianza y miedo. Saluda a sus padres con prisa y rápidamente sube a su pequeño cuarto, donde tirado sobre la cama, con la cabeza apoyada en la almohada, unas pequeñas lágrimas empiezan a brotar mientras se pregunta una y otra vez por qué.

Los ojos que mira a hurtadillas en clases le persiguen sin que pueda escapar de ellos, están clavados muy dentro y las sensaciones que se despiertan por ello le sorprenden y asustan. Ve en ellos una pureza antes no vista, una luz tan clara y mágica que invitan en todo momento a caminar por un sendero verde y fresco, con aroma de primavera. Y tiene miedo.

Le gustaría acercarse y decirle todo lo que siente, contarle palabra por palabra todo lo que desde hace meses atrinchera en su pequeño interior. Sueña que un día dejará de escribir notas en una libreta, para hablar cara a cara con los labios que le vuelven loco. Cuantas noches ilusionado confunde realidad y sueño, esperando un gesto, un abrazo, un beso… Pero tiene miedo.

Se vuelve loco pensando por qué a él le tienen que ocurrir esas cosas. Deseaba, es cierto, sentir algo especial por alguien, poder llegar a compartir juegos, risas y muchas cosas más, pero con lo que no contaba era que le gustaría hacerlo con un chico. Eso era lo que más miedo le daba, no entendía como podía estar enamorado de su mejor amigo y compañero de clases, desconocía el momento cuando los ojos que tenía enfrente pasaron de ser los ojos de su amigo a ser los ojos que no le dejaban dormir por la noche. La angustia y el miedo le acompañaban desde entonces, angustia al rechazo y miedo al desprecio. Se repetía que no era un marica de mierda, un maricón de esos al que dan por culo, y lloraba, lloraba porque aun odiándose, no era capaz de evitar la imagen de su desconsuelo.

Tuesday, December 06, 2005

Carta a un desconocido

Voy a contarte mi vida entera, esta vida mía que no empieza, realmente, hasta el día que te vi por primera vez, a contarte querido lector, en esta noche de luna llena y viajeras nubes llevadas por el soplar del viento, la mayor mentira que jamás hayas oído.

Escucharás un pequeño fragmento de mi existencia que nunca ha ocurrido, pero que ello no te engañe, que lo que aquí voy a relatarte jamás haya ocurrido en la realidad que forzosamente compartimos, no quiere decir que en la verdad que cada uno de nosotros vive individualmente, los acontecimientos de los que pronto serás cómplice sean tan reales como los latidos de tu corazón o el aire que respiran tus pulmones.

Todo este imaginario sueño comenzó el día que te conocí, cuando después de abrir el buzón y revisar el correo, comprobé que alguien había alquilado el apartamento que había dejado la viuda Marta, una mujer de ochenta años, que a los cuarenta y cinco perdió al amor de su vida y desde entonces, sin hijos, con el cuerpo destrozado por la pena y el alma rota por la pérdida, se dedicó a gastar el poco dinero de su pensión en misas, flores y velas para el cadáver de su marido, que al final acabó por llevarla al mismo lugar que llevaba treinta y cinco años visitando. Cuentan los vecinos que cuando el asistente social le preguntaba por qué sólo se dedicaba a cuidar de la tumba de su esposo, ella respondía que eso era en parte incierto, no cuidaba del último hogar de su marido, sino también de la que sería su futura casa. No sé por qué te cuento todo esto, quizás porque el recuerdo de la vieja Marta taladra mi cabeza al pensar que puedo compartir con ella el mismo destino, pero no te confundas, no me asusta la muerte, me asusta la soledad.

Confieso que no pude reprimir el instinto de mirar, una vez que comprobé que el cartel que anunciaba el alquiler de la vivienda, había desaparecido del balcón donde había estado colgado, quién iba a ser desde entonces, mi nuevo vecino. Leí el nombre que aparecía en la parte delantera del buzón, una etiqueta de color blanco, con un solo nombre escrito a letra impresa.

Cómo iba a saber en ese momento el futuro que nos deparaba a ambos, cómo presentir entonces lo que nos guardaba el destino, no, en aquel instante sólo la curiosidad era la dueña de mi pensamiento, una curiosidad nacida desde lo más hondo de mi ser; tengo que confesar que era la primera vez que algo así recorría todo mi cuerpo.

Esa noche mientras dormía, tenía la impresión de que una figura corpulenta vigilaba mis sueños escondido en la oscuridad, sin embargo era incapaz de diferenciar ningún otro rasgo. También recuerdo la sensación de angustia y miedo, que mezclado con la curiosidad y las ganas de conocerte, reconozco que me excitó bastante, me desperté varias veces sudando y entre gemidos.

Todo esto aumentó mis ganas por conocer a la persona que era capaz de provocar tal cascada de sensaciones y pensamientos perversos, así que decidí que de ese día no pasaba sin ver la cara de mi nueva sombra. Toda la mañana y parte de la tarde la pasé al lado de la puerta, con la atención puesta a cualquier sonido que indicase que entrabas o salías de tu casa. Oí al cartero, a los vecinos, a los niños jugando después de la vuelta del colegio, más vecinos, sin embargo tu puerta permanecía callada. Empecé a pensar que quizás aún no te habías instalado, que simplemente habías adquirido el piso pero aun no habías realizado la mudanza, entonces reflexioné y me dije que nadie cambia el nombre del buzón sino espera recibir cartas en él, y si alguien espera correspondencia significa que la retira con frecuencia. Esta idea me ilusionó, baje corriendo las escaleras y me dirigí a toda prisa hacia tu buzón, allí seguía tu nombre, sin embargo, éste estaba vació. Ya no sabía que pensar, que hacer. La desesperación y la amargura se apoderaron de mí.

Ignoraba yo que horas después iba a ocurrir el milagro que llevaba esperando. Recuerdo que estaba cenando, la televisión puesta pero sin prestar la menor atención hacia ella, mi cabeza seguía dando vueltas a como podías ser: si alto o bajo, guapo o feo, amable o arisco, con manos grandes o pequeñas, de pelo oscuro o claro, cuál sería tu profesión para que te robase tanto tiempo; en ese instante sonó el timbre de la puerta, de golpe me incorporo tirando mi cena al suelo, me encamino a toda prisa hacia la entrada, por el pasillo creó que tropiezo con el cable del teléfono, una vez en la puerta observo por la mirrilla a un hombre de mediana edad, con el pelo oscuro y corto, elegantemente vestido; decido abrir, quizás podías ser tú, querido lector.

De golpe un mano cubre mi boca mientras otra agarra con fuerza mi cabeza, me empujan hacia dentro con violencia. Estoy inmóvil por el miedo, no puedo reaccionar, respiro con dificultad mientras me llevan a la habitación, allí me tiran en la cama, mi cuerpo empieza a temblar, estoy llorando y gimoteando, pienso que se trata de un sueño, sin embargo la primera bofetada acaba con esa posibilidad, con fiereza rompen mis ropas, intento resistirme y el dolor de una nueva bofetada recorre de nuevo mi cuerpo. Separan con una bruteza inhumana mis piernas y al mismo instante oigo una cremallera que se baja, un dolor que me quema por dentro empieza a inundar todo mi ser, gemidos, una respiración profunda y unos ojos oscuros como la noche que se clavan en los míos, la ultima penetración va acompañada por un intenso frío en mi pecho, noto que algo húmedo me llena mientras el frío de mi pecho se transforma en un calor líquido y espeso, empiezo a respirar con dificultad, se me nubla la vista, noto unos labios besándome, de nuevo un intenso rayo de frío recorre mi garganta y al instante otra vez un calor líquido y espeso lo cubre, empiezo a escupir algo viscoso, hace tiempo que no logro ver nada y de repente dejo de sentir mi cuerpo, las sabanas de seda, el peso de un cuerpo y el aliento, que desde que comenzó todo esto, calentaba mi cuello...

Cómo iba a saber el futuro que nos deparaba a ambos, cómo presentir lo que nos guardaba el destino, cómo contarte mi vida entera, esta vida mía que no empieza, realmente, hasta el día que te vi por primera vez.

Sunday, December 04, 2005

La mesa que tenía un cajón

Espero que hoy sea diferente, llevó ya varios conciertos y siempre ocurre lo mismo, estoy harto de que todo el mundo se apunte y luego a las pocas horas, las excusas y las disculpas se conviertan en la tónica común; por lo menos podían ser más imaginativos, siempre usan las mismas, deben pensar que soy tonto.

Bueno, hagamos inventario: la cartera en su sitio, el móvil encendido y cargado, el pelo impecable, para que luego me digan que no me queda bien largo, estoy que me salgo. Aún no me convence mucho la camiseta, pero que demonios, las tías no han visto un hombre así en mucho tiempo, ellas se lo pierden si no me hacen caso. A por la cazadora y al metro.

Vaya, el local hoy está más lleno de lo habitual, menos mal que hay una mesa libre cerca del escenario. Verás como no viene ninguno, en el fondo no sé para que propongo nada, al final me hacen tanto caso como a un ceda el paso. Hace calor, una cervecita fresca me vendrá bien. Voy a sentarme antes de que me quiten el sitio.

Creo que no recuerdo haber visto esta mesa antes en el local, seguro que la han puesto porque ha venido más gente, últimamente se está corriendo la voz que aquí los conciertos son muy buenos y algo especialess. Si esto sigue así, perderá todo lo bueno que tenía. Falta poco para que comience, David colega, para variar vas a ver el concierto solo, por lo menos la cerveza está en su punto. Y ni una tía buena en todo el garito, hay que joderse.

Increíble, el concierto está siendo espectacular, que se jodan cuando mañana les cuente como ha sido, más de uno se tirara de los pelos por no haber venido. ¿Qué es esto?, la mesa tiene un cajón, ¿qué tendrá dentro?, un día de cualquiera mi curiosidad va a traerme problemas.

Hay unas notas de papel y unos cuantos libros. Leeré haber que pone en las notas.

“Desconocido lector, ahora mientras estás sentado en esta mesa, ignoras que no hace mucho tiempo, hubo una chica pensado en ti, esperando alguien como tú. Un hombre anónimo que ha pasado por lo bueno y por lo malo de la vida y ha salido adelante. Una persona que ha sufrido demasiado pronto y tuvo que madurar antes de lo previsto, aunque tú no hubieses querido hacerlo a pasos tan agigantados.

Tú, solitario valiente, no eres de los que se derrumba ante los obstáculo, ni siquiera los saltas, no, tú los destruyes, los rompes, los pulverizas porque nadie ni nada te impide seguir caminando hacia delante.

Dime, ¿cuántas veces has llorado?, ¿cuántas veces has dado la mano para levantar a alguien caído?, seguro que recuerdas a esa chica, a la primera chica que te hizo sentir especial, aquella que cuando estabas hundido con su sonrisa te aupó y con su vitalidad volviste a volar. La misma que después de haber besado te dejó por otro, porque así de injusto es el amor.

Hoy, mientras que con cara de asombrado lees esta nota, yo, una desconocida, te digo que amo tus ojos negros como el carbón, que deseo sentir tus grandes manos en mi cuerpo recorriendo cada centímetro de mi piel, fundirme en un beso contigo y amarnos toda la noche que nos queda. ¿Por qué? Porque la vida nos da mucho más de lo que nos quita…”

Dedicado a Oso por la idea y por seguir estando ahí, a pesar de todo.

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